—¿Muerto?
—O vivo. El señor Mañas se encargará de cumplir la sentencia.
—Sí, para que me lo suelten otra vez. ¡Rábanos! No, le llevaremos, le llevaremos, y en el camino daremos cuenta de él. ¿Va algún capellán con nosotros?
—Ninguno.
—Bueno, no faltará un cura que le auxilie... Dale bien de comer... no quiero que padezca hambre... Es paisano nuestro, Zugarramundi; es alavés.
—Está bien.
Después que se retiró el oso, quien primero rompió el silencio fue mosén Crispí de Tortellá, y gozoso de tener un tema de conversación distinto de aquel en que había merecido los apóstrofes del coronel, habló de este modo:
—Por mis pecados, señor don Carlos Navarro, que ha sido usted demasiado benigno con ese demonio de hombre. Yo le hubiera mandado fusilar delante de las tapias humeantes de esa santa casa vilmente incendiada. ¡Oh! Señor don Carlos, horripila ver la enorme dosis de perversidad que Lucifer ha depositado en el alma de algunos hombres.
Carlos solo contestó con un gruñido.
—No puede quedar duda de que ese embajador de los jacobinos fue quien puso fuego a la casa del Señor, sin duda con el salvaje intento de reducir a cenizas a las inocentes vírgenes... No puedo hablar de esto sin que se me parta el corazón.