En el mismo instante, Mañas partía la butifarra.
—No obstante —añadió el venerable tomando la ruedecilla que Mañas le ofrecía—, yo procuraría indagar... Indudablemente aquí hay un misterio... Ese hombre...
—Aquí hemos venido... —murmuró Mañas con torpe lengua, demostrando que si los demás habían ido allí con algún objeto, él no había ido sino a comer cerdo y a beber vino.
—Sí, ya lo sé —replicó el capellán algo turbado—. Hemos venido a convenir cómo se ha de arreglar esto de soltar las armas... Es caso grave, porque la ciudad de Solsona no quiere malquistarse con el rey; la ciudad de Solsona no quiere que la horca se alce en su plaza de San Juan, ni que las tropas del conde de España entren aquí tocando los clarines de la venganza.
—Pues usted dirá... Ya sabe usted que yo me voy.
—Pues... el Ayuntamiento que me delegó para tratar con usted de la paz, desea que todo se arregle, que la ciudad de Solsona aparezca amiga de Su Majestad.
—Yo me voy...
—Sin someterse: eso es lo mejor para la tranquilidad de la ciudad. Ahora falta ver quién recoge el mando de las pocas fuerzas apostólicas que hay aquí.
—Por mi voluntad entregaría el mando a don Pedro Guimaraens, la única persona decente que conozco en esta tierra.
—Don Pedro marchó al cuartel general, y dicen que el conde de España le ha dado un batallón para que recorra el país y apoye a los que quieran someterse, que son los más. Puede que esté en Regina Cœli. A falta de don Pedro Guimaraens, yo pondría la autoridad en la cabeza de Tilín.