—¿En dónde está ese Tilín?
—Pues mire usted que no lo sé, y me da que pensar su desaparición. Hoy le he buscado todo el día y no he podido encontrarle. Anoche se portó heroicamente; fue el primero que entró a salvar a las pobres monjas... Después no se le vio más.
—¿En dónde está?
—¿No le he dicho a usted que no lo sé? Ese sacristán tiene unas rarezas... Suele esconderse cuando se le necesita y presentarse cuando no hace falta.
—Bien —dijo Garrote—. Pues ha de quedar en la división apostólica de Solsona una sombra de autoridad; pues es preciso que esta farsa asquerosa que llaman la paz..., yo la llamaría la ignominia..., se haga con visos de convenio: yo delego mi autoridad...
Miró con desprecio a Mañas, que con su mano temblorosa vaciaba el turbio residuo de la última botella.
—Sí —añadió el fogoso guerrillero—. El bando apostólico de Solsona es digno de tener por jefe a un borracho. Viejo Mañas, te confiero el mando. Toma ese bastón, animal.
Y cogiendo una butifarra y haciendo ademán de metérsela por la boca, y dándole después dos golpes con ella en el cráneo, la arrojó violentamente sobre la mesa y salió de la sala.
XXV
Desde que los cocheros de Palacio, los marmitones, los lacayos y algunos soldados vendidos a los palaciegos inauguraron el 19 de marzo de 1808 en Aranjuez la serie de bajas rapsodias revolucionarias que componen nuestra epopeya motinesca, el más repugnante movimiento ha sido la sublevación apostólica de 1827. Es, además de repugnante, oscuro, porque su origen, como el de los monstruos que degradan con su fealdad a la raza humana, no tuvo nunca explicación cabal y satisfactoria. Acabó misteriosamente, lo mismo que había empezado, como esas tragedias reales en que, por una secreta confabulación de testigos, asesinos y jueces, queda todo indeterminado y confuso, no existiendo la evidencia más que en la muerte de la víctima... No hubo lógica ni plan en la sublevación, como no hubo justicia en los castigos. Creeríase que eran autores de aquella intriga sangrienta los mismos contra quienes parecía dirigida, y que la propia mano herida por el filo, acariciaba la empuñadura de aquella espada que se forjó en las agrestes ferrerías de las montañas catalanas y se templó en los conventos. En todo lo relativo a los orígenes de tal guerra, hay algo de las poéticas vaguedades de la leyenda: la historia no ha podido esclarecer con su luz las lobregueces de este hecho, que solo puede compararse a las tenebrosas demencias del suicidio.