Tilín no dijo nada. De pronto detuvo el coche. El corazón de sor Teodora, al sentir aquella pausa en su tormento físico, palpitó de emoción y esperanza.
Pero Tilín se había detenido para prestar atención a un rumor lejano que a su espalda había creído sentir, y quiso cerciorarse de él.
«Sí —pensó después de un minuto de atención—. Viene gente a caballo, y no debe de ser poca, según el ruido que hace».
El sacristán-diablo pareció un momento turbado; pero al punto halló en su grande ánimo la iniciativa y la prontitud de ejecución que le distinguía en los lances de apuro.
—Tilín —añadió la señora—, ¿no oyes lo que te he dicho? Ten compasión de mí, acuérdate de aquellos días en que asistiéndote en tu enfermedad, te salvé esa vida que ahora vuelves contra mí. Tú eras entonces un niño, yo una joven. Ahora soy una vieja. ¿Qué quieres de mí? Por Dios y por tu madre, hijo mío, ¿a dónde me llevas? ¿Qué horrible viajo es este?
—En la Cerdaña —dijo Tilín con nerviosa agitación—, en lo más alto, en lo más enriscado, en lo más solitario, allí donde están libres los osos, y donde nacen los torrentes, tengo yo una casa...
—¡Y allá me quieres llevar, bandido! —exclamó la dama con desesperación, no pudiendo reprimir la cólera—. No, yo gritaré y alguien me oirá... Esto no puede seguir. ¿No hay almas caritativas aquí? ¿Se ha acabado el mundo? ¿Es posible que no me favorezca Dios? ¡Dios, Dios mío!... ¿Tantos son mis pecados que merezca este horrible infierno en vida?
Tilín, muy temeroso por aquel ruido de tropa que había sentido, volvió a azotar al caballo, y desviándose del camino por una colina pelada que a la derecha había, dijo para sí:
—Me ocultaré en el monte hasta que pase esa tropa. Por aquí está, si no me engaño, el convento arruinado de Regina Cœli, donde solo viven dos clérigos pobres que piden limosna. No sería malo intentar congraciarme con ellos... Necesito un sitio seguro donde pasar el día de mañana. ¿Qué hora es?, próximamente las doce. Este maldito coche es el estorbo de los estorbos. Si pudiera llevarla a caballo... Necesito cuatro jornadas, que es preciso hacer de noche, y tres descansos por el día: uno aquí o en Vilaplana, otro en Nargo, otro en Querforadat, para de allí subir a mi casa. ¡Maldito coche!... Alas, alas es lo que yo quisiera. Solo mi fuerza de voluntad, que jamás se acobarda, es capaz de intentar este viaje con tales obstáculos... Si triunfo, Lucifer tendrá que darme tratamiento de excelentísimo señor.
El coche avanzaba lentamente, porque el camino era casi impracticable en la oscuridad de la noche. De pronto oyose un estallido metálico, seco, y el coche se hundió cayendo sobre un costado. Sor Teodora dio un grito, y Tilín lanzó un apóstrofe que habría hecho estremecer de espanto a cielo y tierra, si la tierra y el cielo se afectaran por las vanas palabras del hombre. El eje del coche se había roto.