—¿Lo ves, lo ves? —dijo sor Teodora esforzándose en reprimir su alegría—. ¿Qué quiere decir esto, Tilín? ¿No ves claros y patentes los designios de Dios? ¿No ves la mano que te ataja en tu infame camino? Tú tienes buen corazón, tienes conciencia, aunque ahora está muy perturbada. Considera, hijo; reflexiona...
Al mismo tiempo que esto decía dulcificando su voz, temblaba interiormente de miedo, pensando que aquella contrariedad exasperaría al malvado, inspirándole quizás alguna violencia horrible. También ella oyó entonces el ruido de hombres a caballo y puso atención, invocando mentalmente a Dios para que en tan apretada ocasión la amparase. Tilín, que oía también con toda su alma, rugió así:
—¡Por las uñas y rabo del Otro! Es la partida de Garrote, que salió esta tarde de Solsona.
Después miró su coche, que yacía en tierra como un buque recién naufragado. Abriendo la portezuela, ayudó a salir a sor Teodora, cuyos molidos huesos apenas le permitían moverse. La dama dio algunos pasos para probar si funcionaban, después del atroz suplicio del coche, los tendones y músculos de sus piernas. Tilín dijo sombríamente:
—Esto puede remediarse. A una legua escasa de aquí está el herrero Gasparó Cort, que tiene ejes de coche. Si tiene ejes, iré, traeré uno antes del día, y seguiremos nuestro camino.
—¡Y yo, insigne mentecato —gritó sor Teodora viendo que su situación mejoraba extraordinariamente—, te esperaré aquí tan tranquila como si estuviera en la celda de mi convento! A fe que eres simple. Esto ha concluido. Déjame en paz.
Tilín comprendió lo descabellado de su plan en lo relativo a buscar un nuevo eje, como no lo forjara con un hueso de su cuerpo en la fragua de su corazón. No había más remedio que dar por concluido el viaje, pensando cristianamente en la intervención de la Providencia para salvar a la digna señora del riesgo en que estaba. Pero Tilín, enérgicamente apasionado y delirante, antes que en Dios pensaba en los demonios que guiaban sus pasos y le ponían delante de los ojos fantasmas y espectáculos de gran atractivo para él.
—No, no, señora —exclamó de súbito, asiendo la mano de su víctima con extraño vigor—. Esto no ha concluido. Un hombre como yo no se deja vencer por un eje roto.
Sor Teodora, al sentir la mano de hierro que la sujetaba como las tenazas de Satanás sujetarían al precito sobre la caldera hirviente, encomendó su alma al Señor. La oscuridad y silencio del bosque cercano diéronle grandísimo pavor; pero evocando las fuerzas todas de su alma, decidió hacer frente a los mayores peligros, desplegando los recursos de su voluntad, de su astucia y aun de su vigor físico, que no era despreciable a pesar de ser mujer y monja.
—Tilín —dijo con grave acento—. Por malvado y pervertido que seas, no podrás desconocer que la voz de Dios acaba de hablarte, que su mano te ha detenido en tu criminal carrera.