El criminal no decía nada; pero apretaba más la mano preciosa, como el avaro oprime su tesoro temiendo que se le escape. Fijaba sus ojos en el suelo con terrible expresión de duda.

—¡Tilín, Tilín! —añadió la monja, que había empezado a comprender la posibilidad de ablandar aquel bronce—. ¿No me oyes? ¿Píensas en Dios, en tu crimen; estás mirando a tu horrible conciencia?... Por Dios y su Santa Madre, déjame y sálvate; sálvate, hijo mío, de la condenación eterna.

Cuando esto decía oyose el tañido de un esquilón que sonaba muy cerca, en el bosque.

—¿Qué campana es esta?

—La de Regina Cœli, la de Regina Cœli —gritó Tilín hiriendo el suelo furiosamente con el pie.

—¡Es un convento, un asilo! —dijo ella—. ¡Dios mío, has venido en mi ayuda!

Y la monja empezó a rezar. Pero Tilín le apretaba aún la mano.

Oyose entonces a muy poca distancia el ruido de gente a caballo que poco antes obligara a Pepet apartarse del camino.

—¡Gente de armas! —balbució sor Teodora de Aransis, inundada en gozo—. ¡Me he salvado!

—El demonio, sí, el demonio es quien me ha jugado esta mala partida.