—Suéltame, perverso —dijo la dominica recobrando su entereza y dueña ya de la situación—, suéltame.

Sacudió la mano, gritando:

—¡Socorro!

—Basta, basta —gruñó Pepet soltando la mano.

La monja dio algunos pasos hacia donde sonaba el esquilón, y Tilín corrió hacia ella.

—Es usted libre —le dijo—. Pida usted hospitalidad a los frailes de Regina Cœli... Me confieso vencido. El demonio se ha reído de mí.

—No me sigas, malvado, no me sigas.

—¿Qué pensarán de una religiosa que se presenta sola, a estas horas, pidiendo asilo en un convento de frailes?

La monja se detuvo.

—¿Qué importa? —dijo—. Todo antes que estar en tu poder, monstruo. No me sigas.