—Nuestro bendito padre Martín de la Concepción se ha cansado de tocar la campanilla, y es preciso que no cese de tañer un momento para que la brigada pueda dirigirse aquí sin equivocarse, porque esos niños de Madrid no conocen estas tierras... Que toque, que siga tocando... Pues, sí, señora mía, aquí podrá usted reposar hasta mañana. No hay comodidades de ninguna especie, ¿verdad, padre Juanico?

—No importa —dijo la dominica entrando en el atrio—. Me basta con hallarme en lugar seguro.

—Y dispénseme la reverendísima madre —indicó don Pedro haciéndole otra cortesía sombrero en mano —que no la acompañe en este momento, porque siento ruido de caballerías, y si al principio me parecía tropel de arrieros que iban al mercado de Castellnou, ahora me parece una partida fugitiva que pasa.

—Vaya Su Excelencia —dijo el frailecillo—. Yo acompañaré a la reverendísima madre a la única habitación que tenemos para cuando se nos presenta algún forastero... ¿No ha traído la señora la servidumbre? ¿No ha venido con la señora alguna otra madre, o un par de madres, o media docena de madres?

Incapaz de responder a estas preguntas, la monja calló, dejándose guiar por el padre Juanico. En el ruinoso patio sintió rumor de soldados que jugaban o cantaban coplas tendidos en el suelo. Tan aturdida estaba la buena madre, que no había formado aún juicio alguno sobre su nueva situación, si bien se veía segura y salva por el respeto que entonces infundía a la gente armada el hábito religioso. Érale, sí, forzoso desplegar un poco de ingenio para explicar su presencia en Regina Cœli sin ocasionar interpretaciones malignas, y para hacerse trasladar a Solsona sin peligro de caer de nuevo en los terribles brazos del dragón que la perseguía.

Don Pedro salió a toda prisa acompañado de algunos soldados, mientras el padre Juanico guiaba a sor Teodora por un claustro medio derruido; era preciso mucho cuidado para no tropezar en las piedras que obstruían el paso.

—Esta casa, señora —dijo el caduco fraile—, está así desde la acometida de los franceses el año 10. Regina Cœli era una casa de clérigos regulares. ¡Ah!, entonces éramos treinta y cinco; ya no somos más que dos: el padre Martín de la Concepción y un servidor de vuestra maternidad reverendísima... Creo que ha sido horrible eso de San Salomó.

Deteníase a cada seis pasos para contemplar el rostro de la señora; y alzando, no sin esfuerzo, su cabecilla flaca y colgante, obsequiaba a la monja con una sonrisa senil harto grotesca.

—Solo dos, señora —añadió alumbrando el piso lleno de piedra—. Vivimos de limosna... Vivimos tranquilos, esperando la muerte que ha de asemejarnos a estos escombros, a estas piedras, a este cadáver descompuesto de Regina Cœli. Lo poco que aún vive de Regina Cœli será polvo también... Pues, como decía a la señora, los dos hermanos vivimos aquí tranquilamente, es decir, vivíamos tranquilamente hasta esta noche a las diez, hora menguada en que se nos metió por las puertas el señor don Pedro Guimaraens con sesenta soldados de Su Majestad... ¡Linda noche nos ha dado!... Al pobre Martín de la Concepción lo tiene desde hace dos horas tocando la esquila..., y no quiere que se canse el buen hombre, sino que toque y toque... Estos demonches de militares son muy déspotas, señora... Cuidado no tropiece usted en la losa de ese sepulcro... Por aquí, señora, por aquí..., y aún falta lo mejor. Esos toques de la esquila son para avisar a una brigada entera, a una brigada de demonios uniformados que viene a tomar posesión del convento... Estamos lucidos... ¡Venir a turbar a dos pobres religiosos moribundos que esperamos por instantes la última hora!... En fin, paciencia nos dé Dios. Aceptemos este cáliz, no tan amargo como el que supo apurar Su Divina Majestad en la noche de su pasión... El pobre hermano Martín se ha cansado otra vez de tocar... En fin, señora, esta es la única habitación que podemos ofrecer a vuestra maternidad reverendísima para que pase la noche... Iré a ver si han llegado los de la servidumbre de vuestra maternidad reverendísima.

—¡Esta es la habitación!... —exclamó llena de asombro la madre Teodora de Aransis contemplando las desnudas paredes de una sala inmensa, helada, vacía, con el techo agujereado y el piso hecho de escombros.