—No tenemos otra. En cuanto a lecho para dormir, no espere vuestra maternidad que se lo ofrezcamos, porque no lo tenemos. Martín de la Concepción y yo dormimos en el suelo.

La madre volvió a mirar, no menos espantada que la vez primera, el antro en que se hallaba. Un pedazo de altar y un rimero de tablas carcomidas eran los únicos asientos. Algunas piedras sepulcrales llenas de escudos o inscripciones formaban apiladas como una especie de mesa.

Aterrada en el primer momento, sor Teodora se serenó pronto comprendiendo que no estaba en el caso de pedir gollerías.

—Está bien, reverendo hermano —dijo—. Deme usted una luz y ayúdeme a cerrar estas ventanas.

—Estas dos ventanas no se pueden cerrar —dijo el frailecillo con burlona sonrisa—. Tampoco se cierra la puerta; en una palabra, madre reverendísima, aquí no se cierra nada. En Regina Cœli no hay llaves, ni cerrojos, ni trancas, ni candados. Puede vuestra maternidad entornar las puertas y afianzarlas con un palo. Como no hay viento, no se abrirán... Traeré la luz al instante.

Largo rato estuvo sola y a oscuras la buena monja, embebida en hondas reflexiones sobre su situación, y ya se impacientaba de la oscuridad cuando volvió el padre Juanico tan apresurado como sus piernas medio muertas se lo permitían. Puso una lámpara de cobre sobre el montón de piedras sepulcrales que hacían las veces de mesa, y dejándose caer sobre un madero, dijo suspirando:

—Déjeme vuestra maternidad que descanse un ratito... no puedo tenerme... Este renegado de Guimaraens va a quitarnos la poca vida que nos queda... ¿Oye usted? Todavía repica el desventuradísimo Martín de la Concepción... ¡Ay!, cómo me canso, señora, con estas idas y venidas. A estas horas estaríamos el hermano y yo roncando riquísimamente sobre nuestras tablas, si estos barrabases no se nos hubieran metido aquí... Y lo que falta, pues, y lo que falta.

—Paciencia, hermano —dijo la dominica, sentándose también.

—Pues, como iba contando —prosiguió el fraile, con menos cansancio de lengua que de piernas—, esos hombres a caballo que iban por el camino eran los de la partida de Garrote, que hace días pasó para Solsona y ahora se vuelve a su país. El señor de Guimaraens les ha quitado algunas armas y les ha dejado seguir. Llevaban consigo un prisionero, un hombre malvado, de esa infame ralea de jacobinos. Es, según dicen, el que pegó fuego a San Salomó.

Sor Teodora suspendió tan bruscamente sus reflexiones, que se la habría creído picada por el aguijón de una víbora. Clavó los negros ojos en el rostro excesivamente maduro y pasado del padre Juanico, que alentado por la atención que a sus palabras se prestaba, añadió: