—Garrote, que va en retirada y sin armas, ha dejado aquí al prisionero para que el señor de Guimaraens haga un poco de justicia. ¡Hace tanta falta en estos tiempos!... Le van a fusilar.
Sor Teodora se levantó. Un lúgubre rumor que en el patio se oía, llamó vivamente su atención. Miró por la ventana que al patio daba.
—Ahí le llevan —dijo el fraile, señalando al patio, donde se distinguían grupos moviéndose con algazara—. Le van a meter en la cueva, en lo que era panteón y ahora nos sirve de leñera.
Sor Teodora no vio más que sombras; pero comprendió lo que pasaba. El corazón se le salía del pecho, latiendo con desusada violencia.
—Adiós, señora, que pase vuestra maternidad reverendísima buena noche —dijo el Padre Juanico tomando su linterna—. ¡Ah!, me olvidaba de advertir a vuestra maternidad que el señor de Guimaraens pasará a verla. Me lo ha dicho. Sin embargo, estará muy ocupado en toda la noche. Parece que ya llega la brigada que esperaban... ¡Gracias a Dios que descansa el pobre Martín!... Buenas noches... He visto entrar a varios paisanos... la servidumbre de vuestra maternidad reverendísima.
—Yo no tengo servidumbre —dijo sor Teodora bruscamente.
—¿Ha venido vuestra maternidad sola? —preguntó el padre Juanico desplegando toda la piel de los ojos.
—Sola, sí, sola —afirmó la dama con energía sin pensar en su reputación.
El padre Juanico iba a persignarse; pero no se persignó. Creyó que debía irse..., y se fue.
La de Aransis dio algunos pasos hacia la puerta, después retrocedió... Llevose las manos a la cabeza, cruzolas después. Puede afirmarse que en los treinta y dos años de su existencia no había conocido su alma un afán tan grande. Tan grande era, que la última aventura de Tilín le parecía cosa lejana, indigna de fijar su atención, y en verdad aquel drama terrible, puramente externo y que en nada afectaba a sus sentimientos, le parecía muy menguada cosa en comparación de la íntima sacudida que ora sentía en su alma.