—Hombre, ¡qué diantres!, ya sabemos que en el mundo todo es farsa... Pero ¿a qué conducía esta guerra? Francamente, hablemos como hombres formales...; más adelante, no digo que no; pero ahora... ¡Vaya con las diabluras catalanas! Es preciso sofocar esto, echarle tierra a todo trance, antes que tome vuelo, porque si no se aprovecharán de ello los liberales. Es lo que yo digo: divídase el partido del orden, y tendremos a los masones tirándonos de la nariz...
—Los liberales tienen poco que ver en este negocio.
—¡Qué error! Por donde quiera que vamos recibimos la noticia de tramas horribles. Ellos son los que con halagos y promesas inclinan a los guerrilleros a no someterse. Yo le digo al conde de España: «Señor conde, mientras quede uno de esos, no tendremos paz en el reino», y el conde es de mi opinión. A veces me dice: «Chaperoncillo, aquí hay que amenazar a un lado y dar a otro», y yo soy también de esa opinión. Estoy contento de haber enviudado de aquella endiablada Comisión que me dio tantos disgustos, y de haberme casado con esta guerra. Me gustan los campamentos más que las oficinas, y nuestro jefe me agrada mucho. Es riguroso, y hace cumplir la ordenanza con crueldad; pero eso es bueno, eso es bueno. También sabe premiar a los que sirven con celo y a los que ejecutan sus órdenes con prontitud y sin vacilaciones... Conque, amigo mío... Por vida del Santísimo Sacramento, estoy por decirle a usted que vuelva grupas y me acompañe a Regina Cœli, que ya debe de estar cerca..., allí echaremos una copa y fumaremos un cigarro.
—No puedo, señor don Francisco... Regina Cœli está a dos pasos: allí descansará usted. Por cierto que le he dejado a usted allí un buen regalo.
—¿Algo de cena? —dijo don Francisco, haciendo con su mano en las inmediaciones de la fiera boca el gesto vulgarísimo que denota buen apetito.
—Nada de eso.
—¿Pues qué?
—Un liberal.
—¿Y para qué quiero yo un liberal, como no sea para fusilarle?
—Precisamente para eso.