—¿Sí? ¡Por vida del...! ¿Y quién es?
—Un gran delincuente. Anoche le cogimos in fraganti. Había pegado fuego al convento de San Salomó en Solsona.
—Hombre, ¡qué alhaja! Para encontrar estos primores no hay otro como usted.
—Vino a España enviado por los de Londres para tejer una de tantas conspiraciones. Es pájaro de cuenta: le conozco hace tiempo. Es de los que figuraron cuando las Cabezas... Después anduvo en masonerías y comunismo.
—¡Preciosísimo!
—Es paisano mío. Se llama Salvador Monsalud.
—Yo he oído ese nombre.
—Le han oído todos los que en Madrid asistieron a los infames escándalos de los tres años.
—¿Y está allí, en Regina Cœli?
—La verdad, no quise dejarle en Solsona porque no tengo confianza en la gentuza que queda allá. Es probable que le dejaran escapar. Después tuve intención de fusilarle en el camino; pero, señor don Francisco, yo soy buen católico y no me atrevo a matar a un hombre cuando no puedo darle los auxilios religiosos... Mis creencias no me permiten quitar a un hombre, por malvado que sea, la probabilidad de redención; y aunque este sea de los que merecen morir como perros, yo... no quiero cuestiones con mi conciencia... ¿He hecho bien?