—Perfectamente. Si es usted al mismo tiempo un bravo soldado y un doctor de la Iglesia. Para casos como este tengo yo mis capellanes, que despabilan un par de reos en diez minutos.
—Hay dos curas en Regina Cœli.
—El negocio corre de mi cuenta —dijo don Francisco demostrando gran impaciencia.
—¿Confío en que usted castigará a ese empedernido criminal?...
—¡Hombre, qué idea! Pues si así no lo hiciera... Además de que me gusta arrancar la mala hierba que encuentro en mi camino, soy hombre que no está dispuesto a recibir reprensiones del general en jefe, y le juro a usted que si el conde supiera que yo, después de tener en mi mano un pájaro del plumaje de ese caballero masón, le había de dejar escapar... Vamos, no quiero pensarlo. Yo creo que me mandaría dar palos como a un recluta. Usted no conoce bien a ese insigne defensor de la monarquía. ¡La ordenanza, el exterminio de la gente negra! Estos son los polos sobre que gira el grande espíritu del conde de España... Dicen que Su Excelencia está loco. Yo no le tengo por tal, sino por muy cuerdo, y con media docena como él bastaba para arreglar el mundo.
—Es hombre que no perdona una falta ni a Cristo Sacramentado.
—Ni a la Santísima Trinidad. Hombre más inexorable no se ha visto ni se verá. Cuando su hijo no se levanta temprano, el conde manda una banda de tambores a la alcoba... entran despacito, se colocan junto a la cama, y de repente..., ¡purrum!, rompen generala, y así el muchacho se despabila y salta hasta el techo. Pues, digo, cuando don Carlos encarga a su hija algún trabajo de aguja, ya puede andar lista y acabarlo pronto, porque si no, me la pone de centinela en el balcón con la escoba al hombro dos, tres, cuatro horas, según el caso. No tiene consideración ni con su señora la condesa... Ya podía descuidarse un día en ponerle tal o cual plato que le gusta. La manda arrestada, y la tiene cinco o seis días sin salir del cuarto, con un oficial de guardia a la puerta.
—Eso me parece extravagante.
—Pues yo no opino lo mismo: es preciso que el hombre del día sea muy enérgico. Los lazos del poder se van aflojando mucho, y llegará día en que no haya disciplina ni autoridad, y héteme aquí a la sociedad desquiciada por completo. En España hace falta hombres así, desengáñese usted, Carlos... ¡Si no, a dónde vamos a parar! Dicen que el conde está loco. Ya quisieran más de cuatro tener su juicio. ¡Por vida del Santísimo!... Lo que tiene es muchas agallas. Es el único hombre a quien veo con capacidad bastante para acabar con el bando liberal. Marchando despacito con su ejército va barriendo el país, lo va barriendo, sí, a fusilazos. Como nos dejen, no quedará uno para muestra... Figúrese usted que él llega a un pueblo, sale a pasear por las calles, y a todo el que se encuentra le detiene y le dice: «enséñame el rosario». Como no se lo enseñe, va derecho a la cárcel. ¡Ay de los que sean conocidos por sus opiniones! Esos no van a la cárcel; van a otra parte de donde no se vuelve... Yo no soy de los que opinan que España es un hombre cruel y sanguinario... no; todo es relativo. Hay que ver cómo está nuestro país, podrido de malas ideas. Es preciso que esta guerra corte y ampute, despedace y descuartice. ¿No cree usted lo mismo?
—Lo mismo.