—¡Cruel y sanguinario! Pues yo sostengo que es un hombre de bonísimos sentimientos, muy pío y temeroso de Dios. Me consta que confiesa y comulga todas las semanas. ¡Con qué miramientos trata a los señores clérigos y frailes! Yo le he visto en la iglesia dándose golpes de pecho como el mayor pecador del mundo. Me han dicho que tiene éxtasis y que usa cilicio... Pero le estoy deteniendo a usted demasiado con mi charla... Es tarde.

—Sí, señor don Francisco, y quiero llegar mañana a la Conca. Mucho me place la compañía, pero es preciso que nos separemos.

—Hombre —dijo Chaperón con acento campechano—. Yo creo que algún día nos hemos de ver peleando juntos por una misma causa.

—También lo creo.

—Venga un abrazo.

Los dos hombres se acercaron el uno al otro, y dos corazones de tigre latieron juntos unidos por un abrazo. Al separarse, Chaperón le dijo:

—Gracias por el regalo.

—Me olvidaba de una advertencia —indicó Garrote deteniendo un instante su caballo—. Ese señor don Pedro Guimaraens que está en Regina Cœli me parece un poco débil y amigo de contemplaciones.

—¿Sí?... Ya le arreglaré yo.

—Puede que le hable a usted de perdonar al reo. Es hombre de mimos y blanduras.