—¿Sí? A buena parte viene. Ya le leeremos la doctrina a ese señor.

Los caballos se encabritaron, emprendiose la marcha, y Garrote gritó desde lejos:

—Hay que ser inexorable.

Chaperón se echó a reír, y su carcajada confundíase con el piafar de los caballos. Más lejos ya, el furibundo cabecilla repitió:

—Inexorable.

Después se oyó el tumulto de las voces de mando, y la tierra trepidaba con el violento pisar de hombres y brutos. El murmullo del ejército en marcha se oía a larga distancia, como el zumbido de un gran enjambre invasor que iba conquistando lentamente el espacio oscuro. El tañido de una esquila les guiaba llamándoles, hasta que dieron en el portalón de Regina Cœli.

Fue recibido el señor brigadier por don Pedro Guimaraens, que le condujo adentro, mientras los subalternos daban órdenes para alojar y racionar a las tropas. Mostrose muy seco y disciplinario Chaperón, el cual, cuando se vio en su dormitorio, dijo al coronel que él no había venido a Cataluña a hacer niñerías; que él pensaba en todo y por todo inspirarse en las ideas del general en jefe, don Carlos España, y que prohibía absolutamente al don Pedro hablar de clemencia y enternecerse como una cómica que representa el drama sentimental. Dicho esto, se paseó por la desmantelada sala, y dijo que no habiendo camas, dormiría en una silla, pues hombres como él no necesitaban finuras. Mandó que le trajesen un jarro de vino, un pan y la carne fiambre que traía en su valija, y puesto el mantel sobre un arca vieja, invitó a Guimaraens a que le acompañase con otros dos coroneles en su frugal cena. Hízolo don Pedro, aunque no tenía gana, y Chaperón, engullendo y bebiendo con apetito, no daba paz a la lengua. Era preciso convencerse de que él era inexorable, absolutamente inexorable; de que estaba decidido a corresponder a los deseos del conde de España, su jefe y amigo. A los apostólicos que se sometieran, les perdonaría: eran alucinados y no criminales; a los jacobinos y masones les aplastaría sin piedad. Ya sabía él que en Regina Cœli había un gran criminal que debía terminar sus días en la mañana próxima, y como él era absolutamente inexorable contra los enemigos de la sociedad, prohibía al señor Guimaraens que le hablase de compasión, porque hombres como él no se ablandaban con suspirillos. Aunque don Pedro respondía a todo afirmativamente, aún no parecía satisfecho el ogro, y ponía por testigo al Santísimo Sacramento de su decidido entusiasmo por lo absolutamente inexorable.

Asomose después al balcón que daba al gran patio o explanada de ruinas, y al retirarse dijo:

—¡Qué negro está todo! Señor coronel Guimaraens...

Don Pedro se puso a sus órdenes.