Sor Teodora le miró. Creyérase que de improviso oía con interés las palabras de Tilín. Su atención indicaba un cambio brusco en sus ideas, algo como esperanza, o presentimiento de una solución posible.

—Me queda —dijo él, animado por aquella mirada— el recurso de la muerte, que es ya mi único consuelo.

Pepet se detuvo, y la monja, mirándole con mayor interés, le dijo:

—Sigue, Tilín, ya ves que te escucho sin enfado.

—El mundo se acabó para mí. Ninguna de las ambiciones de mi alma he podido satisfacer en él. Lo miro como un lodazal de hielo en el cual no nace ni una hierbecilla... Huir de él es lo que deseo. Dos objetos han llenado mi alma, y cabalgando en ella parece que la han espoleado; ambos han sido un esfuerzo estéril y doloroso como las convulsiones del loco. Ni soldado ni amante, ni la gloria ni el amor... ¡Todo perdido! Los deseos no satisfechos, que son como ascuas que no puedo trocar en llamas ni tampoco en cenizas, me piden mi sangre, señora, mi sangre malvada.

Ronco por la violencia de su expresión y trémulo con las convulsiones del despecho, se clavó las dos manos en el seno. Después cayó de rodillas, e hiriendo el suelo con su frente, dijo con voz angustiosa:

—Monja, dime que me perdonas y moriré contento.

La llama de la lámpara, que poco antes parecía extinguida, inundó de claridad la sala. El rostro de la monja se tiñó de leve púrpura; sus ojos brillaron; no de otro modo brillan en el semblante humano las llamas de la inspiración. Sor Teodora tuvo una inspiración.

—¡Perdonarte! —dijo—. ¿Y has podido dudar de mi perdón, siendo sincero tu arrepentimiento? ¿Reconoces tu sacrilegio, tu infame conducta?

—Yo no reconozco nada —repuso Tilín con desesperación—. No reconozco sino que amo, que adoro, y que por esto solo merezco misericordia. Mis maldades no son maldades: son mis caricias, caricias a mi modo, porque no me es permitido hacerlas de otro modo. ¡El sacrilegio! El diablo me lleve si entiendo esta palabra. No sé más sino que mi alma se abrasa, que pongo sobre todo el universo a una sola persona; que esa persona me aborrece, y que no quiero vivir... Esto es lo que sé... ¡Perdón, perdón! Pido perdón, porque es lo único que espero me pueden dar; lo pido por poder decir: «Me arrojó una palabra dulce, y dejó caer una lágrima de piedad sobre mi corazón envenenado». Por esto pido perdón.