—Y yo te lo doy —dijo la monja poniendo su dedo sobre la cabeza del hombre terrible.
—Esto me regocijará en la otra vida. Señora, adiós: me voy a matar.
Apartose algunos pasos, y metiéndose la mano en el pecho sacó un cuchillo. Corrió hacia él prontamente la monja, diciéndole:
—Aguarda.
Tilín extendió la mano armada, y apartando con ella a la de Aransis, dijo:
—Usted que me aborrece, no podrá impedirme que me mate.
—Yo no lo impido.
—¿Se opone usted a mi muerte?
—No, no me opongo, no.
—¿Por qué?