—Porque la mereces.
—Bien, señora. Todo ha concluido —dijo Tilín apartándose, resuelto a consumar el último crimen—. El infierno me llama: voy al infierno.
La monja se abalanzó a él denodada, sin miedo al arma ni a la descompuesta cara de Tilín, cuyos ojos, inyectados de sangre, causaban horror. Le puso ambas manos sobre el pecho, le miró con ternura, y en tono dulce y persuasivo le dijo:
—¿Y por qué no al cielo?
El tono y la mirada fascinaron de tal modo al dragón, que quedó extático, embelesado.
—¡Al cielo! —murmuró.
Soltó el cuchillo. La monja volvió con apariencia tranquila a su asiento, e indicó a Tilín con una seña que se sentara también.
—Ya no hay cielo para mí, ni puede haberlo —dijo el dragón.
—¿Por qué?
—Porque soy un malvado, porque amo lo imposible, lo que Dios prohíbe, lo que es suyo, y no puedo dejar de amarlo... ¡Oh! Mi cielo no es el cielo de los demás; mi cielo sería que usted me amase, y usted no me puede amar: usted me aborrece.