—¿Y si dejase de aborrecerte?
Pepet sintió en su alma un consuelo inefable.
—¿Y si te amase? —añadió la monja con animación, pero sin dejar su acento y su expresión de melancolía.
La sensación que experimentó Tilín era como si unas manos de querubines le suspendieran en el aire.
XXX
—¡Oh, señora! —exclamó—, no juegue usted con mi corazón. ¿Y cómo ha de poder ser que usted me ame?
—Mereciéndolo.
—¿Cómo?
—¿De qué nace el amor sino de la admiración y de la gratitud? Cuando no nace de esto, es fútil capricho que se va tan pronto como viene.
—¡Admiración! —dijo Tilín meditabundo—. ¡Oh!, sí, es verdad. Por eso yo soñaba con ser un héroe, con realizar hazañas grandes y extender mi fama por todo el mundo, para que admirándome, usted me amase.