—Pero más que de la admiración, nace el amor de la gratitud —dijo la monja, firme ya en su papel—. Nace de la dicha placentera que nos produce la contemplación de las virtudes y de los sacrificios de otra persona. Un acto de abnegación sublime, uno de esos actos que ponen de manifiesto la superioridad de un alma, basta a encender el amor en el corazón más frío. El mío no puede ser conquistado de otra manera, Tilín; pero conquistado así, su posesión será eterna por los siglos de los siglos.

El bárbaro guerrero contemplaba embebecido y trastornado el rostro de la dama, que tenía en aquel momento una expresión sobrehumana. De sus ojos veía Tilín que emanaba y caía sobre él una luz divina.

—¡Ay! —exclamó—, si eso fuera verdad, si el mundo no fuera un centro de vulgaridad, si existiera la posibilidad de esos actos sublimes... ¿Qué no haría yo por merecer esa vida que anhelo?... Pero no, lo que me puede acercar a usted no existe.

—Sí puede existir —dijo con entereza la monja.

Después cambió de tono repentinamente. Dijo algunas palabras con desfallecido acento, y algunas lágrimas brotaron de sus bellos ojos. La luz se amortiguó, dejando en sombra la sala.

—¿Llora usted?

—Sí lloro... ¿No comprendes que hay en mí algo extraordinario?... ¿No me ves cambiada, no me ves muy otra de lo que fui hasta hace algunas horas?

—Sí, y nada comprendo —dijo Tilín acercando su rostro para ver mejor el de ella.

—¡Qué has de comprender!... Mi angustia no puede comprenderse si yo no la explico... En pocas horas mi situación ha cambiado bruscamente... tengo que ocuparme de lo que antes no me inquietaba, y he tenido que olvidar mis desgracias porque he caído en desgracias mayores.

Lloraba amargamente. Armengol estaba perplejo.