—Escúchame —dijo la monja secando sus lágrimas— y tendrás lástima, mucha lástima de mí. Si entraste en Regina Cœli poco después que yo, verías que los guerrilleros dejaron aquí a un pobre preso a quien acusan de jacobino y de incendiario de San Salomó.

—Falsedad, porque el incendiario del convento soy yo.

—Verdad; pero en lo de jacobino tienen razón, no puedo menos de confesarlo.

—¿Don Jaime Servet? Le conozco.

—Pero no sabes que han decidido fusilarle, y que mañana, es decir, hoy al romper el día, se cumplirá esa horrible sentencia.

—Me lo figuraba.

—Pues bien —dijo la monja con brío—. Tilín, ese hombre, ese a quien tú llamas don Jaime Servet, es mi hermano.

Al decir esto, la monja sintió que por sus labios pasaban ascuas... Aquella fue la primera mentira grave que sor Teodora de Aransis había dicho en su vida.

—¡Oh, señora! ¡Qué horrible caso! —exclamó Tilín ocultando su cabeza entre las manos.

—Mi hermano, sí, mi infeliz hermano —añadió la monja volviendo a llorar—, mi pobre hermano, a quien amo entrañablemente, a pesar de sus ideas jacobinas, y que tuvo la loca idea de dejar su emigración y venir a España con nombre supuesto a no sé qué, Tilín, a locuras y despropósitos...