—¡Su hermano! —murmuró Tilín—. Puede usted creerme que esta idea pasó por mi cabeza cuando sorprendí a ese hombre en Cardona y vi la carta que llevaba para la abadesa de San Salomó.
—¿Comprendes ahora mi desesperación, mi agonía? ¡Ver a mi hermano, el único consuelo y amparo de mi anciana madre; verlo como lo estoy viendo, con las manos atadas a la espalda!... ¡Oh!, esto es espantoso... Dios dé fuerzas a mi espíritu... Yo moriré, moriré sin remedio... ¡Y estoy bajo el mismo techo que él! Si me parece que oigo los latidos de su corazón... Pepet, Pepet, ten compasión de mí.
Diciendo esto, dejó caer su afligida cabeza sobre el hombro del guerrillero.
—Los ruegos y las lágrimas de una religiosa —dijo Pepet—, ¿no ablandarán al coronel?
—¡Ah! ¿No sabes tú que ha entrado en Regina Cœli un hombre terrible, un tigre, el célebre don Francisco Chaperón, que jamás ha perdonado? Ese infame hombre hará fusilar dos veces a mi pobre hermano si hay quien implore misericordia por él. Guimaraens me ha dicho que no hay remedio, que no puede haberlo. Chaperón ha fijado la hora del amanecer para el suplicio; ha dado a Guimaraens órdenes que no tienen réplica, determinando que el acto se verifique en su presencia. El feroz verdugo se asomará al balcón de su alojamiento que mira a ese patio.
—¿No hay remedio?... ¿Y es seguro que no habrá remedio? —preguntó Tilín haciendo ademán de horadarse la frente con el puño.
Después de una pausa, la monja suspiró y dijo:
—Sí hay remedio, sí lo hay. Chaperón no conoce a mi hermano, no le ha visto nunca.
Hubo una pausa larga y lúgubre, durante la cual no se oía voz ni suspiro. Al fin Tilín alzó la cara y dijo:
—Para salvarle bastará que otro muera en su lugar. Don Pedro Guimaraens no tendrá inconveniente en la sustitución, si el sustituto...