Se detuvo para tomar aliento. Parecía que se ahogaba.
—Si el sustituto —dijo acabando la frase— soy yo, que le ofendí y le llevé con los codos atados a Solsona.
Una segunda pausa siguió a estas palabras.
—Pero los soldados conocerán el engaño —murmuró Tilín.
—Los de Chaperón no, porque no conocen a mi hermano —dijo sor Teodora—. Los de Guimaraens tampoco... Mi pobre hermano ha entrado de noche. Don Pedro me responde de que se atreverá a engañar de este modo a Chaperón. Hablemos de esto. Yo pensaba en ti, que eres el verdadero criminal... La sustitución, además de ser justa, es fácil.
—¡Oh!, morir así, morir a sangre fría —exclamó con fiereza Tilín, sintiendo que el instinto se sublevaba en él con impetuosa voz—. ¡Y todo en cambio de un amor, de un premio que recibiré... en la eternidad!
La monja se levantó bruscamente. Tilín la miró con estupor, porque parecía una encarnación divina, un ángel de castigo que fulminaba rayos, una personificación extraordinariamente bella y terrible, tal como él la soñaba en sus horas de delirio amoroso y de ardor guerrero. Su actitud majestuosa, su ademán colérico, su voz grave, dejaron suspenso y sobrecogido al sacristán-soldado. La monja le dijo:
—¡Y vacilas, hombre miserable y pequeño! ¡Y tiemblas, cobarde! ¡No eres capaz de ningún acto sublime y generoso, gusano despreciable, y te has atrevido a poner los ojos en mí! ¡No eres capaz del sacrificio, y has osado mirarme con amor, como si yo, mujer noble, hermosa y consagrada a Dios, pudiera acogerte sin merecimientos grandes, tan grandes como la inmensa escala que he de recorrer descendiendo desde mi altura a tu pequeñez!... Quítate de mi presencia, reptil despreciable; juzgué posible no aborrecerte, juzgué posible amarte; pero esto no puede ser, no. No puede alterarse la ley que prohibió a los sapos brillar como las estrellas del cielo. Quítate de mi presencia... ¿En dónde está ese corazón tuyo que llamas grande y es incapaz de un sentimiento de sublime piedad y abnegación? No tienes más que los estúpidos ardores de la bestia, y a eso llamas amor, miserable. Llamas amor a ese instinto de manchar, que es propio de los más bajos seres... y te has atrevido a mirarme, a mirarme a mí, que vivo de lo ideal, de los sentimientos puros, de las ideas castas y nobles... ¡Ves morir con ignominia a un inocente, acusado de un crimen cometido por ti, y no sientes piedad!... ¡Dices que me amas, y no eres capaz de morir por mí! ¿Qué amor es ese que se atreve a llamarse tal sin conocer el sacrificio?... Me causas horror; vete, mátate cien veces; te aborrezco; no tendrás de mí ni aun la compasión que inspira el pobre insecto en el momento en que lo aplastamos con el pie; vete; te digo que te vayas, ¡maldito!
Dio algunos pasos, inclinose, recogió del suelo el puñal que poco antes soltara Tilín, y arrojándoselo a los pies, le dijo:
—Toma tu cuchillo, puedes matarte de despecho por no haber poseído el tesoro que robaste, ladrón. Necio, estúpido, ¿cómo pudiste creer que Dios permitiría a la paloma casta y hermosa caer en el nido del murciélago asqueroso?... Puedes matarte delante de mí, aplacando con tu sangre el ardor de tus sentidos; no tendré compasión, y miraré tu agonía con asco, no con lástima... y bajarás volando al infierno, donde arderás más y más, y estarás viéndome eternamente, y deseándome eternamente, y padeciendo los más horribles tormentos, siempre, sin poder alcanzarme nunca, sin poder llegar a tocar mi hermosura con tus dedos inmundos... y con una eternidad de suplicios expiarás la inmensidad de tu sacrilegio.