Dicho esto, en cuyo efecto creía, dejose caer sin aliento sobre las piedras sepulcrales. Su pecho palpitaba como no había palpitado nunca. Tilín parecía idiota. No hallaba palabras para dar salida al volcán de su pecho. Por fin soltó atropelladamente estas:

—¡Que yo no soy grande! ¡Que yo no soy capaz de un acto heroico de abnegación y generosidad! ¡Que yo no soy capaz de elevarme de un salto hasta los últimos cielos!... ¡Que soy un insecto!... ¡Que no sé amar sino como las bestias!... ¡Que no tengo sentimientos nobles ni idea de la justicia!... ¡Oh!, señora, no me conoce quien tal dice. Todo lo que es humanamente posible lo haré yo. Tan hombre soy como cualquier santo... ¡Sacrificio! No hay quien sepa calcular la extensión de lo que yo puedo hacer, si en una hora de angustia y de sacudimiento como esta me lleno de esa luz que a veces me relampaguea dentro. ¡Ah!, me he oído llamar maldito sin protestar; maldito, cuando mi corazón aceptaba quizás el sacrificio que se le imponía... ¿Sabe usted quién soy yo? ¿Lo sabe?

Al decir esto se acercó a la monja, y con su brutal mano le tocó la barba para levantarle el rostro, que ella inclinaba mirando al suelo.

—¿Sabe usted quién soy yo? —añadió—. Pues soy el hombre de corazón más grande que ha nacido de madre. La paloma no lo cree... ¡Ah!, ella, con su nobleza, con su hermosura, con su castidad, con sus virtudes, con su santidad, no es capaz de hacer... esa cosa extraordinariamente rara y grandiosa que haré yo. Ella, tan justamente orgullosa, no será nunca capaz de elevarse como se elevará ahora el reptil, el gusano, el miserable, el maldito. ¡Abnegación, sacrificio, justicia! ¿Y si yo dijera que todo eso me es familiar en un momento dado, que es mi centro, mi elemento, como lo es al pájaro la altura? ¿Qué diría a esto la dama ilustre que se siente manchada solo con una mirada de mis pobres ojos? ¿Qué diría a esto?

La dama no dijo nada.

Haciendo con el brazo derecho un movimiento semejante al de un hombre que arroja la vida con tanto desprecio como se arrojaría la cáscara de una fruta que se va a comer, Tilín dijo:

—Señora, si Guimaraens sabe arreglar esto, su hermano de usted está salvo.

Teodora le miró. Estaba pálida, y una turbación piadosa había borrado de su rostro la expresión colérica. La dominica se acercó al bárbaro y le puso ambas manos sobre los hombros. Si antes le había abrumado con su ira, con su orgullo, con su violencia recriminadora, ahora le embelesaba con su piedad, con su gratitud, con lágrimas que a él le parecieron resbalar por el mismo trono de Dios para caer sobre su corazón.

La caprichosa monja jugaba con los sentimientos del pobre Tilín como juega el diestro con la fiereza pujante, pero ciega, del toro.

—No es solo sacrificio —le dijo—. Es también justicia. Mi hermano es inocente.