—Y yo culpable, lo sé; el orden natural me lleva a perecer en lugar suyo. Acepto. Pero lo que me arrastra a este sacrificio, antes es amor que justicia. Así lo confesaré ante Dios.

—Pues bien —le dijo ella con dulcísimo tono—: todo eso que has deseado, todo eso que has soñado...

—¿Qué?

—Ya lo mereces.

Tilín sintió su alma llena de congoja y desfallecimiento. Dejose caer en el asiento, y escondiendo su rostro entre los brazos, exclamó gimiendo:

—¡Pero cuándo..., pero cuándo!

Teodora se acercó a él, puso la mano sobre su cabeza, y le dijo:

—Ciego, ¿es la tierra el centro de las almas? ¿Nuestra vida no ha de tener complemento glorioso más allá de la muerte? ¿Qué vale este paso doloroso por la tierra al lado de la eterna dicha, donde los afectos duran eternamente, sin hastío, y donde los corazones alimentan con el eterno fuego sus ansias, que aquí no son jamás satisfechas?... Perdóname si te ofendí creyéndote incapaz de un acto generoso. ¡Oh, Pepet, con una palabra has establecido entre tu alma y la mía esa relación, esa cadena de oro que enlaza pensamiento, corazón, voluntad, y de dos seres no hace más que uno solo! Te has transfigurado a mis ojos; ya no eres Tilín: eres un ser adornado de esa belleza sublime que emana de las grandes acciones. Una idea sola, un sentimiento, diferencian al monstruo del ángel. ¡Cuán admirables giros hace la obra predilecta de Dios, que es el alma! Has cautivado de improviso mi corazón por la virtud de tu sacrificio. No hablan a mi alma los sentidos: le habla la idea superior. Yo la escucho, y te acojo con afecto y orgullo.

La monja le estrechó en sus brazos. Al hacerlo y al decirle lo último que le dijo, sintió que por sus labios pasaban aquellas mismas ascuas que pasaran antes, y sintió también como una trepidación honda, un sacudimiento, cual si se desquiciaran las esferas celestiales. Tuvo miedo de sí misma, porque en sí misma estaba el origen de aquel desquiciamiento.

—¡La eternidad! —murmuró Tilín besando con delirante ardor las manos de la virgen del Señor—. ¡Qué lejos está eso! ¡Dios mío, qué lejos!