—Toda la existencia terrenal es un soplo —repuso la monja con expresión mística—. El tiempo todo es un segundo. Considera cuán distinta es tu muerte de lo que habría sido dándotela tú mismo con desesperación. Ahora morirás cristianamente, y tu abnegación por salvar a otro hombre, tu generoso y sublime rasgo de caridad, tu espíritu de justicia, te llevarán derecho al cielo... al cielo, donde gozarás de Dios eternamente, y donde las amorosas ansias que en vida han sido tu tormento, serán para ti manantial perdurable de delicias.

—Pero solo...

—Solo no. Pronto verás pasar junto a ti una sombra bella y cariñosa... Seré yo, yo, a quien dejas aquí inundada de gratitud y de admiración. En el cielo hay dulce compañía, y el grato, el inefable arrimo de todas las personas que hemos amado en el mundo. Los lazos tiernos, castos, nobles, que las almas establecieron en el mundo, permanecerán por los siglos de los siglos. Ningún ser que haya amado puede comprender la gloria de otro modo.

—¡Ah!, sí, sí —exclamó Tilín, que, creyente firmísimo en el dogma del cielo y del infierno, aceptaba aquella idea con júbilo y con entusiasmo.

—Desde el instante de tu tránsito —añadió sor Teodora haciendo un esfuerzo— serás feliz; me tendrás por los siglos de los siglos.

Como para anticipar aquella posesión de siglos de siglos, Tilín asía con fuerte mano los brazos de la monja.

—Sí, sí —balbució—: seré feliz contigo.

Sentíase ya ebrio, enloquecido, y su alma se cernía entre el amor y el misticismo. A su turbado entendimiento se presentaba la morada de los justos, como un lugar que, sin dejar de ser divino, tenía algo de humano por albergar parejas felices y tiernos desposorios.

El tiempo volaba. Sor Teodora se apartó de él, y le dijo:

—¿Sostienes lo que has ofrecido?