—Yo no digo las cosas más que una vez.
—¿Insistes en un sacrificio que te hará grande a los ojos de Dios y a los míos?
—Sí —contestó Tilín inundado de amor, que tomaba un tinte de devoción abrasadora.
—Pues yo te bendigo.
La monja extendió sus manos sobre él.
—En vez de decirme «yo te bendigo», dime «yo te amo» —declaró Tilín con el cerebro enteramente trastornado.
—¡Pobre espíritu vacilante! —dijo ella—. ¿No serás capaz de desprenderte de las miserias humanas y elevar tu corazón a aquellas esferas de luz donde reside el amor puro, el amor ideal, aquel amor que no se envilece con los sentidos? Hombre pequeño, que aspiras a ser grande y a ceñir la corona de los mártires, reconoce tu error, no me pidas un amor impropio de mi estado religioso, de mi nobleza, de mi dignidad: pídeme, sí, el que a uno y otro corresponde, aquel dulce fuego del corazón, más vivo cuanto más casto, porque es el verdadero amor de...
A sor Teodora se le atravesó algo en la garganta.
—El verdadero amor de los ángeles —dijo concluyendo la frase.
—¡El amor de los ángeles! —exclamó Tilín cruzando las manos y dejándose caer en una especie de éxtasis.