¡Infeliz alucinado! Como el toro arremete ciego al lienzo rojo, así se abalanzó su espíritu hacia la idea de los celestiales desposorios prometidos.
Sor Teodora miró al cielo.
—Pronto amanecerá.
—Ya llega mi hora —dijo estremeciéndose.
—Para mí viene la aurora de un día triste como todos los días; para ti amanece ya el día infinito, Tilín.
Y haciendo un esfuerzo, el último, el más grande, exclamó con exaltación:
—Hombre generoso, espíritu elevado, estoy llena de admiración por ti. Ya no eres el incendiario de San Salomó: eres el redentor de la inocencia, porque salvas a mi hermano de la pena impuesta por un delito que no ha cometido; eres el realizador de la justicia, porque la haces recaer sobre el verdadero autor de aquel delito, que eres tú, y así quedas lavado, puro, sin mancha.
—¿Es su hermano, su hermano?... —murmuró Tilín cayendo en súbito abatimiento.
Parecía que un relámpago de duda y desconfianza surcaba por su cerebro.
—¿Dudas, amigo, dudas de mí? —dijo Teodora haciendo un esfuerzo mayor aún.