—No —replicó él alzando la cabeza y sacudiéndola como para echar de ella una mala idea—. No he dudado jamás.
La dominica comprendió que era preciso reanimar aquel entusiasmo que parecía enfriarse, y echar leña a la hoguera que oscilaba.
—Pepet —exclamó dando a su voz un tono arrebatador—, te aborrecí sacrílego; pero verdugo de ti mismo por la salvación de mi infeliz hermano, te admiro y te amo.
—Y yo —dijo Pepet con acento de hombre de viva fe—, yo que he sido perverso, que he sido arrastrado al crimen por mi despecho y mis bárbaras pasiones, consiento gozoso en realizar un sacrificio por salvar a otro hombre, y agradar a la persona por quien he vivido y por quien he deseado morir. Ese sacrificio cuadra a mi alma, le viene bien y a medida, como un traje bien cortado. Donde hubo aquella fiebre intensa y aquel sacrilegio, y las ideas de destruir una obra de siglos para sacar de ella lo que reputaba mío; donde aquellos delirios hubo, señora, aquí, en mi alma, no puede haber ya sino esta solución terrible, única que por la grandeza del suplicio corresponde a la fealdad de mis pecados. Y yo puedo decir: «Le devuelvo a su hermano; le doy, después de una gran amargura, la mayor alegría que puede recibirse. Conquisto con un solo hecho la benevolencia de su corazón, y muriendo, gano el inefable bien de vivir en su recuerdo. Conquisto lo que vale más que una posesión pasajera: conquisto su memoria en la tierra, y en el cielo su compañía». Nada más hay que decir, señora. La hora se acerca.
—Aguarda —dijo la de Aransis—. No te muevas de aquí.
Salió precipitadamente sin añadir nada más. Pepet la vio salir y dirigirse por el patio adelante hasta desaparecer por una puerta que en el extremo opuesto había. Esperó un rato entregado a meditaciones, o mejor dicho, a los delirios calenturientos de un idealismo desenfrenado. Su mente arrebatada navegó entre mil ideas, como nave a quien las olas llevan de peñasco en peñasco, y aquí se estrella, allí se hunde, más allá se levanta, y nunca acaba de naufragar ni acaba de salvarse. No supo él cuánto tiempo duró este tormento; pero al fin abriose la puerta dando paso a la dominica.
Sin decirle nada se acercó a él, y poniéndole la mano izquierda en el pecho, elevó al cielo la derecha. Estaba pálida, profundamente desconcertada; temblaban sus labios; sus ojos intranquilos parecían recibir la impresión de imágenes aterradoras. Miró a Pepet, y aunque sus ojos no hablaban más lenguaje que el de un desasosiego difícil de comprender, el infeliz reo vio en aquella mirada discursos más elocuentes y conmovedores que cuantos pronuncian los ángeles en la conciencia del justo cuando acaba de hacer un gran bien; vio y leyó en aquella mirada todo cuanto la religión y el amor pueden idear de más cariñoso y de más sublime. El pobre Pepet perdió en tal instante lo que aún quedaba en su alma de terrenal y de egoísta: era todo espíritu, todo idea, y se perdía en las esferas nebulosas por donde ha corrido sin freno el pensamiento de los soñadores místicos y de los enamorados caballerescos, que vienen a ser una misma casta de personas.
Algo quiso decir; pero había llegado a una situación en que la lengua no sabía nada y los signos vocales no podían ser más que ruidos desapacibles. Se arrodilló, tomó las manos de Teodora para derramar sobre ella besos y lágrimas, hasta que se entreabrió la puerta para dar paso a la voz y a la cara de don Pedro Guimaraens, el cual dijo:
—Es tarde.
Pepet salió mirando hasta el último instante la figura majestuosa, sublime, soberana de sor Teodora de Aransis, que con una mano puesta sobre su corazón y la otra alzada para señalar el cielo, le despedía en el centro de la sala.