—No, no —gritó ella con desesperación.
—Voy a decirte la verdad —declaró la sombra—; voy a decírtela, palabra por palabra, letra por letra, clara como el pensamiento divino que mueve mi lengua. Voy a decírtela.
—No, no —exclamó angustiada la dominica, pidiendo otra vez a la razón con furibundo anhelo espadas, flechas, catapultas, arietes y los más tremendos ingenios de guerra.
—Yo no puedo callar. El divino aliento sopla dentro de mí, y sin quererlo yo, habla. Soy la voz de Dios, que no puede mentir. Voy a decirte la verdad.
—Y yo no quiero oírla, no quiero —dijo horrorizada la de Aransis.
—Ese hombre te agrada, te agrada mundanamente —murmuró la sombra, teniendo la consideración de hablar bajo para que cosa tan grave no escandalizara demasiado a la buena madre.
—No, no puede ser. Te parecerá así y no será cierto. Es una alucinación, un error, una perversa ficción producida por el demonio.
—Ese hombre te agrada, te ha inspirado una ilusión cariñosa —repitió la sombra alzando la voz al ver pasado el temor del primer momento—, y tu repentino afecto a un hombre desconocido debe espantarte, y de seguro espantaría al mismo que es objeto de él. Ninguna mujer que vive en el siglo, en comercio constante con los demás seres humanos, podría concebir esa inclinación inesperada y vehemente hacia un desconocido, que se entra como los ladrones en su habitación y con el cual apenas habla media hora. No hay hombre alguno, aunque sea el más hermoso, el más gallardo, el más discreto y el más valiente de todos, que pueda jactarse de un triunfo semejante con tal rapidez alcanzado. Esto, que es absurdo en el mundo libre y activo, deja de serlo en la solitaria estrechura y en el aislamiento holgazán de una celda, de aquel nido donde por espacio de doce años han dormido tus afectos y tus pasiones, tu vanidad de hermosa, tu presunción, tu exuberante pujanza moral, tu ternura de doncella enamorada y tus presentimientos de esposa y de madre. Ese absurdo del siglo es natural y humano en ti, monja indigna, que has vivido doce años en ese sepulcro, ocupándote en profanidades y alimentando sin cesar con tu imaginación las ansias de tu pecho, honradas y nobles fuera de aquella casa.
—No, eso es mentira, conciencia —pensó la atribulada dominica, sintiéndose abandonada por la razón—. Yo me avergonzaría de mí misma si me viera encendida de amores por un hombre que entró en mi celda como un ladrón, y me pidió pan y asilo... No, eso no puede ser, eso es vergonzoso.
—Eso es verdad, monja alucinada. No le amaste cuando le viste; desde hace doce años estás alimentando la idea de él en tu fantasía exaltada por la soledad, por el bienestar material y la holgazanería; hace doce años que le amas, y es el mismo, el mismo. Poco importa que en algún rasgo discreparan sus facciones de las que tú veías con los ojos cerrados; pero es el mismo. Confiesa una cosa, confiésala, mala monja. Cuando aquel hombre se presentó en tu celda; cuando pasado el primer momento de terror, le ofreciste de comer y conversaste con él, te asombrabas interiormente de ver en forma humana al mismo compañero imaginario de las soporíferas soledades de San Salomó. En tu alma se elevaba un estupor angustioso viendo aquella figura real; era él mismo, era el tuyo, aquel que en tu fantasía y en tu corazón no tuvo más rival que el detestable interés por las guerras. Era él, era el mismo cuyas facciones, cuyas miradas y palabras ha estado tejiendo y destejiendo tu aburrida cavilación día tras día, año tras año... En el trabajo de esta tela invisible transcurren lentas y tristes muchas vidas bajo una máscara de mortecina santidad. ¡Ay, pobre de ti! En el siglo hubieras sido una doncella honesta, una esposa amante, una madre ejemplar; enclaustrada sin vocación, has podido perder tu alma en un instante.