Sor Teodora se sintió más abatida. No sabía qué contestar. Con gran espanto vio que al lado de aquella sombra habladora se alzaba otra: era su razón, que después de combatir un instante con ella se había pasado al enemigo. Viéndose tan sola, volviose a la fe, a Dios, y pidió armas a la oración; pero si la razón no le había dado más que alfileres y alambres, aquella no le dio más que unos pedacitos de caña que para nada servían.
Las dos sombras le dijeron:
—No, Dios no te puede perdonar. Has querido engañarle, disfrazando de piedad y de justicia tus criminales afectos de monja soñadora.
—¡Misericordia, Dios mío! —exclamó Teodora, bañado el rostro en frío sudor.
—No la hay para ti, porque has sido impostora.
—He sido impostora por lástima, por piedad...
—Mentira. Has abusado de tu influjo sobre Pepet y del loco amor que te tenía para hacerle morir por otro.
—¡Ha sido justicia! —exclamó Teodora con cierta locura.
—Mentira.
—He sacrificado al culpable, para salvar al inocente.