—Mientes, monja embustera —gritó la sombra proyectada por la luz íntima del alma—. Sacrificaste al feo por salvar al hermoso.

—¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia!

Sacáronla de aquel estado de congoja los ruidos de humanas voces y de tambores que llegaron hasta ella. Había amanecido: la sala se llenaba de claridad.

Olvidada al punto de aquel coloquio y de la reciente disputa que había encrespado las potencias de su alma, corrió a la ventana, diciendo para sí:

—¡Si me habrá engañado Pepet; si me habrá engañado Guimaraens!

Grandísima pena sintió al ver la tropa dispuesta para el fúnebre acto; al ver al espantoso brigadier asomado en el balcón con toda su comitiva; al ver al reo que, con la cabeza descubierta y las manos atadas, hacia Chaperón se volvía, y decía en voz alta su nombre y proclamaba la justicia de su muerte.

Sor Teodora se apartó horrorizada, y al refugiarse en el opuesto extremo de la sala oyó el estrépito de un trueno.

Entonces la sombra volvió a levantarse delante de ella y le dijo:

—¡Impostora!... ¡Homicida!

—¡Ha sido justicia, justicia! —exclamó ella con agonía de moribunda...—. El uno criminal, el otro inocente... ¡Misericordia, Señor!