—¡Caprichosa!... ¡Embustera!
Más tarde, ella no sabía a qué hora, entró el Padre Juanico a traerle un poco de alimento.
—Es lo único que han dejado esos pillos —le dijo—. Afortunadamente se van dentro de media hora.
Más tarde (tampoco supo ella a qué hora) sintió bullicio de tropas. Era Chaperón, que salía para seguir desempeñando su papel de misionero realista en la extirpación de liberales.
Después reinó profundo silencio.
Mucho más tarde (a ella le pareció que sería al anochecer), dos hombres entraron en la sala. Sintió al verles turbación tan honda que estuvo a punto de desmayarse. Eran Guimaraens y Servet. Hablaron los tres un momento, y después el coronel realista salió.
—Sin comprender la causa —dijo Servet— de la sustitución milagrosa a que debo la vida, sé que he tenido un ángel tutelar. Hay aquí un misterio; yo no trato de penetrarlo, porque no se penetra lo divino. Mi ángel ha sido usted, reverenda madre.
—¡Yo! —dijo ella tratando de fingir sorpresa, sin conseguir otra cosa que revelar más su confusión.
—Sí, usted, ilustre y santa mujer. A usted debo la vida. Permítaseme arrodillarme delante de esa noble figura, cuya belleza proclama su santidad, y besar esas manos que tan bien saben arrancar víctimas a la muerte.
Se arrodilló delante de ella, como si fuera una imagen santa. Sor Teodora, que había vuelto el rostro, le miró, y, mal que le pesara a la sombra, hubo de confesarse a sí misma que veía hecho carne delante de sí el ideal de la belleza varonil, de la gallardía, de la discreción y de la caballerosidad.