—¡Miserables ladrones! —gritó el coronel—. ¡No os valdrá vuestra alevosía!... ¡Suárez!... ¡Valentín!
Guimaraens fue acorralado, vencido; pero aún se necesitó el concurso de otro guerrillero para atarle los brazos por la espalda. El valiente y noble anciano rugía, y de su espumante boca salían blasfemias, como sale del volcán la hirviente lava.
Valentín, uno de los veteranos que servían a don Pedro, entró mal herido, echando venablos por la boca, armado de tremenda espada, con que acometió ciego de ira a los guerrilleros que sometían a su amo; pero como se hallaba descalabrado, tuvo que someterse sin que le valiera de nada su fiera intrepidez. Suárez estaba atado al tronco de un árbol y herido también. Sorprendidos cuando el uno se hallaba limpiando el caballo y el otro trabajando en las hortalizas, no tuvieron tiempo ni de armarse ni de pedir auxilio a los payeses de las cercanías. El plan de Pepet Armengol había tenido realización cumplida, aunque no fácil, porque uno de los guerrilleros quedó muerto por Suárez, que pudo disponer de la azada; otro recibió un sartenazo de la señora Badoreta, a quien el peligro dio los alientos y el rencor de una leona.
Antes de anochecer, Tilín y los tres hombres de su cuadrilla penetraron en Solsona llevando atado, como alimaña recién cogida, al respetable coronel don Pedro Guimaraens. A poca distancia les seguía un carro lleno de armas diversas. Inmenso gentío se agolpaba para ver al preso, a quien no compadecían muchos por ser hombre reputado de orgulloso, y que últimamente, a causa de la sospechosa templanza de su realismo, era acusado de jacobino.
VII
Al día siguiente Pixola, después de encomiar la acción de Tilín, dijo al señor capellán:
—Me parece que tenemos un hombre. Cuando las madres me lo recomendaron, le destinó mentalmente a ranchero; pero me parece que ese caballero del esquilón va a picar un poco alto. Le voy a dar el mando de una compañía. Ahí tiene usted un sacristán que valdrá más que cien obispos.
Las hordas de Pixola eran un conjunto heterogéneo de voluntarios realistas uniformados, procedentes de los cuerpos que se formaran el 24, de soldados desertores, de payeses que se armaban con lo que podían, y de trabucaires o contrabandistas de la Cerdaña y de los valles de Arán y de Andorra. En el improvisado ejército las jerarquías militares iban saliendo de los acontecimientos, de las hazañas individuales y también de las intrigas, fruto natural de toda colectividad donde hierven las pequeñas pasiones al lado de las grandes. Así es que el prestigio adquirido en un buen golpe de mano, y la recomendación de personas a quienes se tenía en mucho, bastaron a elevar a Tilín a una categoría semejante a la de teniente. El carnicero le llamó aparte, y agarrándole por un botón de la pechera, como era su costumbre siempre que hablaba con un amigo, díjole así:
—Mira, Tilín: yo voy ahora hacia Balaguer y la Conca de Tremp a recoger las tropas que se están organizando. Tú te vas hacia Pinós, donde hay mucha gente que no ha querido afiliarse. Allí se necesita una mano pesada. Te llevarás cincuenta hombres con el encargo de que has de reclutar doscientos. En ese país hay muchos caballos: no perdones ninguno... Oye otra cosa —añadió reteniéndole por el botón—. También hay mucho dinero; es preciso que recaudes todo lo que puedas: hombres, dinero, caballos. Abre bien las orejas: hombres, dinero, caballos. Espero que nuestro monago sabrá ayudar esta misa de sangre. Después nos reuniremos en Cardona para ir todos sobre Manresa, donde nos espera el general en jefe, Jep dels Estanys... ¡Ah!, se me olvidaba otra cosa: si encuentras tropas del gobierno, te retiras a la montaña y las dejas pasar.
Con estas instrucciones y sus cincuenta hombres partió Tilín el 8 de julio en dirección a Clariana y al río Cardoner. Asombró a todos la atinada organización que supo dar a su pequeña hueste, principiando por establecer en ella la más rigurosa disciplina. El segundo día de expedición, dos individuos de malísima estofa que habían sido contratados por Pixola en la raya de Andorra, no mostraron gran celo por cumplir una orden que el gran Tilín les diera. Reprendioles este con severidad, pero sin malas palabras ni grosería, y lo mismo fue oír la voz del jefe, rompieron ellos a reír diciéndole que harto hacían en dejarse mandar por un sacristán de monjas, y que no se les hurgara mucho porque también ellos sabían repicar campanas. El denodado teniente les mandó fusilar: hubo un momento de vacilación; pero los delincuentes perecieron; y a los disparos que les cortaran la vida siguió ese silencio congojoso de la disciplina, que es como el de la muerte. Tenía Tilín un núcleo de diez o doce hombres feroces que le obedecían ciegamente, y sobre esta sólida base fundó el orden y la cohesión admirables de su pequeño ejército.