Dijo esto Tilín con tal osadía y aplomo, que Guimaraens se quedó perplejo por un momento; pero al punto recobrose, y tomando el caso a risa, como era natural, empezó a batir palmas. Reía con estrépito, echado el cuerpo hacia atrás y apretándose los ijares.

—¡Bravísimo, deliciosísimo, señor sacristán! —exclamó poniéndose como la grana de tanto reír—. Di a tus amas que me he reído de la gracia hasta morir... ¿Conque armas?... ¡Bendito sea Dios! ¡Pobre Tilín!... Me dan ganas de abrazarte por el gusto que me das. Eres un mamarracho..., pero chistosísimo..., y con esa casaca..., y esos humos de general... ¿Conque mis armas?

Guimaraens dejó de reír, porque vio a Tilín transformado de súbito. El rostro del voluntario realista estaba lívido, sus ojos centelleaban, y su mano convulsa mostraba una pistola. Fiero e imponente, el monago exclamó:

—No he venido aquí a hacer reír.

—Miserable, ¿qué haces? —dijo Guimaraens levantándose y poniéndose a la defensiva.

—Saltarle a usted la tapa de los sesos si no me obedece.

Tilín apuntó al rostro del venerable anciano, que al punto echó mano a una silla.

—Si usted se mueve —dijo Tilín intrépido y osado hasta lo sumo—, si usted da un grito pidiendo socorro, le mato como a un perro. Tengo cuarenta hombres en el bosque a espaldas de la casa, con encargo de arrasarla y de matar a todos sus moradores si se me hace resistencia.

—¡Ratero! —gritó furioso Guimaraens—. ¡Qué has de tener tú!... ¡Hola, Valentín..., Suárez!

Al punto apareció despavorido un hombre, un jovenzuelo. Oyéronse dos disparos en la huerta y los gritos de la señora Badoreta, que exclamaba: «¡Ladrones!» El jovenzuelo abalanzose a la defensa de su amo; pero Tilín, rápido como el pensamiento, guardose las espaldas apoyándose en un alto ropero, y disparó sobre el criado, que cayó muerto sin exhalar un grito. Guimaraens, al ver desarmado a Tilín, que arrojara al suelo su pistola, arremetió a él como un león. Pero recibiole Pepet con un puñal, sin que por esto se acobardase el veterano. Trabáronse estrechamente de manos, y después de una lucha breve y terrible, en la cual Armengol se esforzaba en defenderse de su enemigo sin herirle, apareció bañado en sangre uno de los tres montañeses de Pixola.