El señor Guimaraens era un tipo militar de los de la guerra del Rosellón, viejo, sin barba ni bigote, con el blanco pelo un poco largo, cual si no hubiese renunciado aún a ponerse coleta. Aunque anciano, era fuerte y membrudo, y tenía la presencia majestuosa, la talla corpulentísima, el semblante agraciado y noble. Era hombre muy devoto y realista ferviente, aunque no de los furibundos; y cuando Tilín se presentó a él, estaba sentado en su lustroso sillón de cuero, leyendo la vida del santo del día, costumbre piadosa a que no había faltado en treinta años. Era célibe y vivía en compañía de dos viejos, leales camaradas de sus campañas allá en los tiempos del general Ricardos, y ora criados que parecían amigos. Un pinche, un mozo de cuadra y la señora Badoreta, famosa en el cocinar y antaño criada en San Salomó, completaban la familia del pacifico veterano.
Vio con desconsuelo que Tilín no traía consigo cesta ni bandeja cubierta con la blanquísima servilleta monjil, y dando un desconsolado suspiro, le dijo:
—Esas señoras reverendísimas, ocupadas de la insurrección, han dejado apagar los hornillos. ¡Qué picaras! Siéntate, Tilín: hablaremos un poco y echarás un cigarro.
—Gracias, señor: tengo que marcharme pronto —dijo el voluntario dando un paso hacia él.
—¿Entonces a qué has venido?
—A traer a usted un recado.
—¿De las monjas?
—Da las monjas, sí, señor.
—¿Qué quieren esas señoras mías?
—Que me entregue usted inmediatamente todas las armas que tiene en su casa, y que se venga conmigo para ponerse a las órdenes de Pixola.