—Anda, hijo, anda —dijo Tortellá a su antiguo acólito dándole un pescozón—. Dile a la madre Purificación que se esmere... Se trata de una gran conquista: se trata de ganar el nuevo Zaragoza.

—Puedes ir —indicó Abres al sacritán-soldado—. ¿Necesitas gente?

—Tres hombres escogidos por mí.

—Toma los que quieras.

—Dentro de dos horas estaré de vuelta. Conozco la casa. El señor Guimaraens estará en la huerta fumándose un cigarro. No le faltará la compañía de los dos artilleros viejos y de los dos criados, y de la señora Badoreta... Vamos allá... La casa tiene dos puertas... En la huerta hay un ángulo... Después se suben tres escalones..., ya..., ya... Haremos una visita de cumplimiento al señor coronel.

Poco después Tilín pasaba el río por el puente de Llobera, acompañado de tres montañeses de la Cerdaña sin uniforme y con armas. En vez de tomar en línea recta la dirección de la casa de Guimaraens, que a la distancia de un cuarto de legua se destacaba sobre la verdura de un bosque espeso, caminaron a la derecha río abajo, y describiendo luego una gran curva, subieron hacia la montaña por extensa ladera de viñas y almendros. No tardaron en penetrar en el bosque, y allí, con precaución y en silencio, se acercaron a la casa. Por espacio de un cuarto de hora estuvo Tilín cuchicheando con su gente. Subió después a un árbol, desde donde podía explorar la huerta, y vio a la señora Badoreta tendiendo ropa en el jardinillo delantero; Valentín, el más bravo de los dos veteranos, limpiaba el caballo, y Suárez estaba regando las judías y poniéndoles tutores. No viendo por ninguna parte a los otros dos criados, supuso que estaban dentro de la casa. Bajando del árbol, dio Tilín sus órdenes a los que le seguían, repitiéndoselas hasta tres veces para que se les clavaran bien en la mollera; les señaló una ventana baja que desde allí se veía abierta; indicoles los puntos por donde podían escalar fácilmente la tapia, y después penetró solo en la casa.

Condújole la señora Badoreta al interior, no sin reírse de su chistosa metamorfosis, y al verse Tilín en presencia del señor de Guimaraens en la sala donde este residía comúnmente, oyó una carcajada de franca burla, seguida de estas palabras:

—Tilín, Tilín de todos los demonios... ¿Conque es cierto que te has echado a militar? ¡No he visto en mi vida mamarracho semejante! ¡Hombre, vuélvete de espaldas para verte por detrás!... ¡Y tienes bayoneta!... ¿Cómo no te han dado fusil esos pillos? ¡Serías capaz hasta de hacer fuego con él!... ¡Vaya con Tilín!... Hombre de Dios, pues es verdad que así, así, con esa albarda, nadie diría que eres sacristán... ¡Qué demonio!, si ayudas a misa con esa facha, te juro que he de ir a verte. ¿Y qué dicen las reverendas?

—Las señoras no tienen novedad —repuso Tilín secamente.

—¿Me traes algo de parte de ellas?... Vamos, tú nunca has venido a mi casa con las manos vacías.