Así como la aparición de ciertas aves exóticas anuncia la proximidad de tempestades, la desusada vestimenta del sacristán de San Salomó anunció un acontecimiento que puso en grande zozobra y pasmo a la ciudad de Solsona. Era la madrugada, cuando el sueño de los pacíficos moradores fue bruscamente turbado por estrepitoso ruido de tambores. Echáronse los vecinos de las camas, se abrieron todas las puertas, y acudieron los voluntarios a la plaza, donde había ya un par de compañías, venidas, según después se supo, de Berga al mando del excarnicero Pixola (don Narciso Abres). Un fraile, alzándose en medio de la plaza, entre la gente armada, hizo callar con solemne gesto a los tambores, y enderezó a los solsoneses una arenga diciéndoles que Cataluña se lanzaba a la guerra porque el monarca no gozaba de la libertad necesaria para gobernar el reino. ¡Qué pico de oro! Sin abandonar su tono de sermón, añadió que Su Majestad había expedido órdenes reservadas autorizando el pronunciamiento e invistiendo de mandos militares a aquellos bravos y piadosísimos cabecillas, los cuales, ¡oh abnegación evangélica!, abandonaban sus hogares por defender la fe de Cristo y el glorioso trono de las Españas.
Después que el fraile hubo desembuchado lo que en su mollera traía, volvieron a sonar los tambores, y los pelotones de voluntarios recorrieron la ciudad y la muralla toda en redondo, como por fórmula de toma de posesión de la plaza y de su absoluto rendimiento a las tropas apostólicas. Los pocos soldados de línea se entregaron sin vacilar, porque ya estaban concertados para ello; repicaron las campanas, declarose en rebelión el municipio, y alguna que otra banderola hecha por manos claustradas subió, agitándose y haciendo gestos, a lo alto de un palo para anunciar a los pueblos vecinos la grata nueva.
Pixola publicó en seguida un bando disponiendo que se entregasen todas las armas, y que los oficiales indefinidos domiciliados en la ciudad y su término se presentasen inmediatamente en esta comandancia general para recibir órdenes. Obedecieron algunos por miedo o porque simpatizaban con la insurrección, o quizás porque estaban cansados de una vida oscura; pero otros contestaron a los emisarios de Pixola con insultos y bravatas, por lo cual, enfurecido el cabecilla, juró que haría una degollina de indefinidos si Dios no lo remediaba. El más reacio fue un coronel retirado, viejo, terco y realista por más señas, que tenía por nombre don Pedro Guimaraens y por vivienda una casa solar a media legua de Solsona y a la opuesta orilla del río Negro.
—Di a ese desollador de carneros —contestó al portador del mensaje— que si voy a Solsona será para arrancarle las orejas por bandido y ladrón, y que tengo aquí muchas armas, sí, muchas, para defensa del rey y de la religión, y que si él desea probarlas, que se dé un paseo por acá con toda esa cuadrilla de sacristanes y salteadores de caminos.
Tal como lo oyó de los labios de Guimaraens se lo dijo el emisario a don Narciso Abres, el cual, bramando de ira, se levantó de la mesa donde comía para ir en persona a castigar tamaña afrenta.
—Sosiéguese vuecencia —le dijo con calma Pepet Armengol, que en la misma mesa comía, juntamente con otros dos jefes y el padre capellán de San Salomó, pues allí no había categorías—. A ese espantajo de Guimaraens no se le conquista con amenazas. Yo le conozco bien, porque he ido muchas veces a llevarle recados de las madres... Ya sabe usted que una hermana suya está en San Salomó... Le conozco bien, y sé que es una oveja. Déjeme vuecencia ir allá, y verá cómo sin ruido ni amenazas, sino antes bien, con maña y tiento, le sonsaco las armas y le obligo a reconocer la autoridad que ha dado a vuecencia la Junta de Cataluña.
—Me parece buena idea —dijo mosén Crispí de Tortellá dando un golpe en la mesa con el vaso de vino después de vaciado—. Veamos el estreno de Tilín... Una hazaña, querido Abres; tendremos una hazaña, porque este Tilín ha leído mucho.
Pixola se echó a reír.
—No se tome esto a broma —añadió el capellán—. Tilín es amigo de Guimaraens, el cual es el mayor y más refinado glotón que ha comido perdices en todo el Principado... ¡Ah!, señores; no solo el pez muere por la boca: muere también el valiente por la misma parte. Guimaraens, que en una batalla sería más bravo que cien leones, no hará jamás lo que hizo don Mariano Álvarez en Gerona, porque no tiene el heroísmo del ayuno. ¿Saben ustedes cómo se conquista a ese hombre? Con la artillería de las monjas de San Salomó, cuyo ginovesado ha rendido ya muchas plazas... Dese esta empresa a Tilín, querido Abres, y verá usted qué victoria alcanza nuestro bravo rapavelas si, como creo, consigue de las madres un par de perdices en adobo, o siquiera un mediano plato de esas natillas sin igual, que no deben divulgarse mucho para que el género humano no se corrompa y enerve con las delicias de Capua.
Pixola y los demás reían a carcajadas.