—La madre Teodora es demasiado vehemente —dijo doña Josefina guiñando el ojo a sor Teodora—, y la madre Monserrat muy rigorista. Todo esto ha provenido de una opinión sobre las guerras. Yo creo también que la guerra es a veces necesaria y que Dios mismo la dispone. Hay santos del combatir como hay santos del ayunar. Pero no es esto motivo para que la madre Monserrat se enfade.
—Ni para que se altere la armonía que en estas casas debe reinar —expresó la madre abadesa con afectada unción—. En nombre de Nuestro Señor Jesucristo, que a todos perdonó, yo ruego a las dos hermanas que me oyen..., sí, yo les ruego, como hermana y como superiora, que sofoquen al punto el rencor y se reconcilien dándose el ósculo de paz.
—Mi alma es incapaz de rencor —dijo la madre Monserrat.
—Yo perdono de todo corazón —murmuró sor Teodora.
Se besaron. La vieja imprimió sus labios sobre las hermosas mejillas de la joven, y esta contestó al beso fijando apenas sobre la seca piel ajena sus frescos labios. Aquel besuqueo fue una ventosa contestada por una picadura. Doña Josefina, después de repetir sus instrucciones, se retiró.
VI
A pesar de los preparativos, cuya importancia se daba a conocer por la actividad bullidora de doña Josefina Comerford, pasaron los meses de mayo y junio en aparente paz. Cataluña parecía tranquila y desarmada. Solsona continuaba viviendo con aquella serenidad y monotonía que eran la delicia de sus canónigos. La compañía medio organizada de voluntarios realistas y los pocos artilleros que prestaban el servicio militar dentro de los muros, más parecían figuras decorativas que soldados en la víspera de una batalla.
Cierto día de fines de junio vio Solsona una cosa que dio mucho que hablar. Por la calle Mayor adelante iba Tilín vestido con el uniforme de voluntario realista. Su figura no era un tipo acabado de militar gallardía; pero él marchaba por la calle abajo con desenfado, aunque sin fanfarronería, indiferente a las hablillas que sus insólitos arreos suscitaban.
—Mejor le sienta la sotana —decían en los corrillos—. ¿A dónde va ese holgazán con media vara de cartuchera y un quintal de morrión?... Mírenlo... Pues no va poco tieso... Todos los bordados del cuello y solapa, así como las charreteras y los cordones del morrión, se los han hecho las monjas... Es el uniforme más guapo que hay en toda Solsona... Y diz que entra en el cuerpo con el grado de alférez... ¡Si no hay como ser sacristán de las monjas cascabeleras para llegar pronto a general!... No, mujer: no entra de alférez, sino de sargento; pero como haya guerra, y dicen que la habrá, verás cómo sube más vivo que un águila, con el favor de las madres... Mírale, mírale cómo pasa sin saludar a nadie... ¡Condenado Tilín! ¡Cómo se reirá de él la tropa! No habrá un solo voluntario que le obedezca.
Y siguieron los comentarios.