—Todos los soldados son iguales y todas las guerras odiosas... Hay cabezas tan duras que no entenderán nunca.

—Y hay personas que jamás han tenido en su mollera ni pizca de discernimiento —dijo sor Teodora de Aransis con tono de sofocada ira.

—Y hay jóvenes que se olvidan del hábito que visten, renegando de la humildad y del respeto que se debe a las personas mayores —gruñó la madre Monserrat.

—Y hay espectros tan empingorotados y tan tiesos que causan horror.

—Y hay monjillas tan casquivanas que se componen y acicalan dentro de sus celdas, cuando nadie las ve, y no pueden olvidar que en tiempos muy desgraciados han ido a bailoteos y teatros.

—Y hay madrazas de cara verde, del propio color de la envidia, que han vivido setenta años encolerizadas contra todo lo que valía más que ellas.

—Y yo sé de quien tiene la lengua muy larga...

—Y yo sé de quien la tiene llena de veneno...

—Y yo...

—Paz, paz... —indicó la abadesa, extendiendo a un lado y otro sus blancas manos.