Alzando sus brazos, a que daban majestad las amplias mangas blancas, la monja se animaba. Era una mujer anciana y cadavérica, cuyas palabras sonaban con tono de solemnidad, como palabras salidas de la tumba.
Antes que la última sílaba de la anciana religiosa acabase de vibrar, oyose en la sala una leve exclamación, una de esas tenues inflexiones de voz que son como el preludio de una risa de desdén. Provenía este bullicio de la tercera monja, que aún no había dicho nada y estaba sentada a la izquierda de la madre. Sonó después la risa y luego estas palabras:
—¡Qué cosas tiene la madre Monserrat!
El delicioso y fresco timbre de la voz, la gracia de la entonación y el festivo reír, indicaban claramente la persona por demás simpática de sor Teodora de Aransis.
—Es lo que me quedaba que oír —añadió con desenvoltura—. ¡Que las sectas y el imperio de los malos puedan derribarse con oraciones! ¡Que una nación invadida por herejes sea limpia por rezos de monjas!... Decir eso es vivir en el limbo. Bueno es rezar; pero cuando el mal ha tomado proporciones y domina arriba y abajo, en el trono y en la plebe, ¿de qué valen los rezos?... ¿Por qué tantos ascos a la guerra? La guerra impulsada y sostenida por un fin santo es necesaria, y Dios mismo no la puede condenar. ¿Cómo ha de condenarla, si Él mismo ha puesto la espada en la mano de los hombres cuando ha sido menester? Nos asustamos de la guerra, y la vemos en toda la historia de nuestra fe, desde que hubo un pueblo elegido. ¿No peleó Josué, no peleó Matatías, gran sacerdote; no pelearon los Macabeos y el santo rey David? Bonito papel habría hecho San Fernando si en vez de arremeter espada en mano contra los moros, se hubiera puesto a rezar esperando vencerlos con rosarios. No es tan mala la guerra cuando un apóstol de Jesucristo se dignó tomar parte en ella con su manto de peregrino, caballero en un caballo blanco, repartiendo tajos y mandobles. La guerra contra infieles y herejes es santa y noble. ¡Benditos los que mueren en ella, que es como morir en olor de santidad! En el cielo hay un lugar placentero destinado a los valientes que han sucumbido peleando por Dios.
Hablando de este modo, las bellas facciones de sor Teodora de Aransis tenían el divino sello de la inspiración. Atendían a sus palabras con muestras de asentimiento doña Josefina y la madre abadesa; pero la madre Monserrat, dirigiendo una mirada rencillosa a la audaz defensora de la fuerza, rumió estas palabras:
—Hermana Teodora de Aransis, usted es una niña.
—Tengo treinta y dos años —repuso con brío la de Aransis, sin dignarse mirar a su contrincante.
—Y yo tengo sesenta —afirmó esta—; he visto guerras y usted no. Yo he visto las horrorosas calamidades de la guerra; yo he visto este santo asilo profanado, derribadas sus paredes a cañonazos, y sus claustros y celdas invadidos por una soldadesca infame. ¡Todo lo envilece, sí, todo lo envilece! Yo vi caer el ala del poniente y desaparecer hechas escombros tres celdas arriba y el refectorio abajo, quedando solo en pie lo que llamamos la Isla, donde usted vive; yo vi a tres hermanas degolladas y a otras injuriadas horriblemente. Los pocos cabellos que tengo se erizan todavía en mi cabeza al recordar aquel día de septiembre de 1810. ¡Vaya un día, Señor Dios sacramentado! ¿Cómo quieren que me entusiasme con la guerra? La aborrezco, le tengo miedo: el ruido de un tambor me hace morir... Esta buena Teodora de Aransis es una niña, piensa mundanamente, a pesar de llevar algunos años dentro de esta casa, y tiene los espíritus muy levantiscos.
—No se trata ahora de soldados del infame Napoleón, señora —dijo Teodora burlándose—. Precisamente es todo lo contrario. Los soldados de la fe no darán sustos a la asustadiza madre Monserrat.