—También nosotras seremos breves —indicó la madre abadesa moviendo un brazo—. Ante todo, díganos usted... ¿Es cierto que han sido ahorcados Planas y Lloret?
—Cierto es que la serpiente nos ha herido a dos de nuestros bravos leones —dijo la de Comerford con vehemencia—. Pero todo no puede ser flores. Ha de haber muchas víctimas y no pocos mártires. Si no los hubiera, no sería tan santa nuestra causa... Las partidas que hoy existen no tienen más objeto que ir tanteando a los pueblos en los límites del Principado. Más adelante se verá quién es Cataluña. Ahora lo que nos importa es que la empresa no se malogre por precipitación. De eso nos ocupamos, y si las órdenes se cumplen bien, se conseguirá el objeto. Tenemos de nuestra parte muchas autoridades militares que se han vendido en secreto. Alguien sospecha que nos harán traición: yo no lo creo. Además, de Madrid vienen un día y otro las mayores seguridades de que tendremos apoyo en altas esferas. ¡Ay!, aquella celosa Junta no se duerme en las pajas. Ha sabido unir todos los deseos en uno solo, y hoy, amigas mías, muchos personajes de aquí y de allá que tenían distintas opiniones, piensan ya de la misma manera. El acuerdo es perfecto, puedo asegurarlo a ustedes, entre el arzobispo de Tarragona, el señor Miguel, vicecancelario de Cervera, el padre Barrí de Santo Domingo, el señor don José Corrons, lectoral de Vich, el domero de Manresa, el guardián de Capuchinos de esta ciudad y el valiente entre los valientes, nuestro indomable Jep dels Estanys. Las instrucciones que ha recibido de Madrid la Junta son precisas y resuelven todas las dudas que había en puntos muy esenciales; los escrúpulos de algunos se han disipado, el beneplácito de la Santa Sede es ya evidente, y aun se tiene por segura la protección de la Rusia y de la Francia. ¿Qué tal? En el palacio de Madrid se sabe todo lo que pasa aquí, y no se dará un paso por estas leales montañas que sea hijo del acaso o del capricho, sino que todos, chicos y grandes, nos moveremos con arreglo a un plan admirablemente concertado. ¡Oh!, amigas mías, regocijémonos, entusiasmémonos con la idea de que esta tierra de cristianos tendrá al fin el verdadero gobierno cristiano.
—¡Loado sea el Señor! —exclamó la abadesa moviendo por igual los dos brazos—. Este acuerdo entre tales varones nos prueba que no obedecen al capricho ni a la fantasía, sino a una voz divina que en el interior de todos ellos ha sonado. La Virgen Santísima sea con ellos. Ahora bien, amiga querida; puesto que para gloria y salvación nuestra nos corresponde hacer algo, en la medida de nuestras escasas fuerzas, en pro de la causa del Señor, aquí estamos aguardando las órdenes de la Junta de Manresa, de la cual es usted órgano tan precioso.
—A eso voy, amiga mía —dijo doña Josefina acercando más su inquisitorial sillón al de las madres—. Primeramente, al dinerillo que ustedes tienen en depósito, se unirá dentro de poco el que se está recaudando en esta diócesis de Solsona y parte del que vendrá de Madrid. Lo entregará el señor deán de esta Santa Iglesia Catedral, y ustedes lo darán a Jep dels Estanys, a Caragol o a Pixola, previa presentación de un vale reservado y en cifra donde se especificará la suma. También podrá usted recibir dinero del alcalde de Solsona o dárselo. Aquí traigo la clave de la cifra, y la explicaré para que no hallen dificultades.
Doña Josefina sacó un papel de su ridículo (porque doña Josefina llevaba ridículo), y acercándose a las madres explicoles durante corto rato los signos y combinaciones que aquellas debían conocer. Después, la simetría que se había alterado cuando se inclinaron en una misma dirección las tres señoras, volvió a restablecerse.
—He comprendido perfectamente —dijo melifluamente la abadesa—. Se hará todo como lo mandan los señores. Dulcísimo es para nosotras prestar este concurso a obra tan insigne.
Era la madre abadesa señora muy redicha, como se habrá observado. Tenía buen fondo; pero el fanatismo le había sorbido los sesos. Lanzada por las bullidoras eminencias del país a los torbellinos de una odiosa conspiración, había llegado a olvidar el lenguaje sencillo, dulce y místico de las enclaustradas, adoptando un tonillo presuntuoso con puntas de diplomático, que era como un eco del charlar vehemente de la gran intrigante catalana doña Josefina Comerford, la cual solía dar a la expresión de su fanatismo algo de la atropellada facundia de los clubs.
—Ahora, amigas de mi alma —manifestó doña Josefina—, ahora que todo lo material está preparado, falta tan solo que se esgriman aquellas armas sutiles contra las cuales no pueden nada los más altos torreones ni la artillería más formidable: hablo de las armas de la oración. Yo, como pecadora, poco puedo alcanzar con mis preces; pero ustedes, amantísimas esposas del que da las victorias, del que con sus batallones de ángeles tiene a raya al Malo, pueden conseguir mucho. El auxilio de la devoción y la piedad es de gran precio. El señor lectoral de Vich dijo delante de mí a las clarisas de aquella ciudad: «Las lágrimas suplicantes de los débiles darán a los fuertes la victoria».
La madre abadesa se inclinó de un lado, cruzando las manos en señal de la magnitud de su emoción, y con esto se alteró por completo la simetría del grupo. Al mismo tiempo dejose oír una voz hueca, telarañosa, si es permitido decirlo así, una voz gastada y oscurecida por los años, la cual voz provenía, según todos los indicios, de la carcomida laringe de la señora monja que se sentaba a la derecha de la madre abadesa, y que hasta entonces había sido mudo testigo de la conferencia. Aquella voz dijo con lastimero tono:
—¡Oh, si pudiera conseguirse tan alto fin con las oraciones!... Todos los lectores de Vich y todos los prelados de la cristiandad no me convencerán de que la causa del Señor y el triunfo de su fe hayan de conquistarse con guerras, violencias, brutalidades y matanzas. Doña Josefina nos habla de las oraciones, como aprestos de guerras... Esos, esos solos deben de ser los sables, los cañones y los fusiles de los regimientos de Jesucristo.