Una tarde de abril presentáronse dos damas en el locutorio. Era una de ellas hermosa por todo extremo, ricamente ataviada, con ademán un poco altanero y edad que podía sin gran seguridad suponerse entre los treinta y cinco y los cuarenta años. Vestía con lujo y sin remilgos, dando a entender que no la mortificaba ninguna cosa que diera realce a su belleza, tanto más cuanto que esta iba necesitando auxilio para que no se conociera demasiado su occidente. Doña Josefina Comerford, pues tal era el nombre de aquella histórica dama, era una hermosura en decadencia; mas no por esto dejaba de ser magnífica, como es magnífica una puesta de sol. La mujer que la acompañaba parecía servidora.

Después de esperar breve rato, descorriose la cortina que tapaba la reja, y una voz dijo:

—¡Oh!, Josefina... No me habían dicho que era usted... Voy a mandar que se le abra la puerta.

—Mande usted abrir y entraré —repuso doña Josefina mirando al través de la reja sin ver nada.

Después dio algunos paseos por el locutorio con impaciente desenvoltura. Miraba al suelo, como miran los hombres cuando tienen un grave proyecto entre ceja y ceja.

Por fin una vieja criada del convento presentose a ella, cerró la puerta del locutorio que daba a la calle, mandó a la servidora que esperase allí, y haciendo señas a doña Josefina para que la siguiese, condújola por un pasadizo oscuro que iba a parar al claustro. Desde allí no necesitó guía la de Comerford para dirigirse a la sala interior del locutorio, donde la aguardaban tres monjas.

Era la sala grande y no muy clara, a pesar de la blancura de sus paredes. Zócalo de pintados azulejos cubría, hasta la altura de dos varas, la parte inferior de aquellas, y añosa estera de esparto libraba los pies de la frialdad de los ladrillos. Un tríptico de relevante mérito, y dos o tres cuadros oscuros y muy borrosos en que apenas se distinguían el cordero de San Juan, o el caballo de San Martín, o el hábito de San Bernardo, por ser trozos pintados con blanco, compendiaban el interés iconográfico de la sala. En ella reinaba mortecina y difusa claridad roja, producida por la transparencia de las dos cortinillas encarnadas que cubrían las ventanas. Media docena de sillones y un gran banco que parecían las obras más ingeniosas de la Inquisición, por lo duros, incómodos y rígidos, servían para martirio de los huesos. En uno de ellos se sentó la visitante después de saludar a las tres monjas una tras otra.

La claridad roja daba al rostro de doña Josefina el aspecto de una llamarada en figura humana, con lo cual se avenía perfectamente el inextinguible ardor de sus palabras. Las tres monjas, encendidas también, y asemejadas en cierto modo a espectros sanguinosos, ocupaban sus puestos con correcta simetría, haciendo honor a los sillones de nogal por la tiesura con que se sentaban en ellos. Trabose al punto vivísima conversación en lengua catalana.

—Ayer esperábamos a usted —dijo la madre abadesa.

—No se puede, no se puede, señora —repuso la de Comerford—. Van los negocios muy atrasados. Acabo de llegar de Berga y apenas he tenido tiempo para vestirme... Debo salir esta noche misma para Manresa; el tiempo es corto. Diré en pocas palabras lo que tengo que decir, y hasta otro día.