—Culpa será de quien no ha sabido seguir el camino que le trazó la Divina Providencia —replicó vivísimamente la exaltada monja—. ¿Tú no sabes que hay un príncipe insigne, ferviente católico, amante de su pueblo, fiel cumplidor de los preceptos de la Iglesia, y que hasta en sus menores actos demuestra que vive para la fe y por la fe? Ese príncipe santo se rodea de los varones más sabios, de los prelados más virtuosos, de clérigos previsores y de seglares devotísimos; ama la religión sobre todas las cosas, y para él la religión está sobre todo lo humano, y sobre pueblos, reinos y monarquías; ese príncipe confiesa y comulga todas las semanas, dando así una lección a cuantos príncipes hay en la tierra, y no se separa jamás de una imagen de la Inmaculada Concepción, que es su dulcísima patrona y consejera... ¿Quieres saber más? ¿Necesito decirte más?

—Sí... sí —exclamó Tilín, que ya no tenía curiosidad, sino fiebre.

—La religión debe triunfar, y para que triunfe es preciso que haya quien la defienda —dijo la monja, asemejándose por su acento y su apostura a la Sibila cumana—. Tú dices que habrá paz, y yo digo que habrá guerra, guerra cruel y reñida... Nada te digo respecto a tu vocación ni a tu destino. Tú sabrás lo que haces. Únicamente he querido probarte que las circunstancias no son tan impropias como creías... que los tiempos son para cosas grandes, ruidosas y heroicas; que la vocación guerrera no tiene hoy nada de trasnochada, y que un hombre puede llamarse Tilín, y, sin embargo...

Cambiando bruscamente de tono y levantándose, añadió:

—¡Pero si anochece...! ¡Qué tarde! Tilín, corre a tocar el Angelus... ¡Qué dirá la madre abadesa si me ve aquí charla que charla!... Corre, hombre, corre... parece que estás lelo.

La monja se alejó apresuradamente. Tilín, inmóvil y con la vista fija en ella, la vio desaparecer bajo la arquería del claustro, como una sombra que se difundía en la masa oscura de la noche. Lentamente marchó a la sacristía, y empuñando la soga del esquilón, tocó el Angelus. La campana, difundiendo su gangoso tañido por los aires mucho más allá de Solsona, hasta los montes lejanos, parecía proclamar aquel nombre irrisorio que debía ser el nombre de un héroe, y gritaba con insistencia: «Tilín, Tilín».

—¡Jesús, María y José! —exclamaba la madre abadesa—. ¡Vaya un modo de tocar el Angelus! Tilín se ha vuelto loco. Parece que toca a rebato.

Y los vecinos decían: «Las monjas cascabeleras están tocando a fuego».

V

Transcurrieron muchos días (eran los de marzo de 1827) sin que sor Teodora de Aransis volviese a departir tan extensa y acaloradamente con el sacristán de San Salomó, y en este se acentuaron más las distracciones y los descuidos, llegando a cometer faltas de servicio que eran escándalo de las madres y desdoro del culto. Pasaba a veces la noche entera en la ciudad, y su trato era por demás adusto y misantrópico.