—No se levantarán. Pero los masones tienen minado el trono.
—¡El trono! —exclamó Pepet lleno de confusión—. Es el más seguro del mundo.
—Tal vez no.
—¿No tenemos gobierno absoluto?
—A medias: gobierno con puntas de masónico, que no se decide a poner la religión por encima de todo... Veo que no entiendes una palabra, Tilín. Nosotras, que jamás salimos de esta casa, conocemos lo que pasa en el mundo mejor que tú. En la biblioteca del padre capellán no aprenderás sino cosas muertas y pasadas para siempre. Voy a explicarte lo que ignoras, fiando en tu discreción y en el respeto que me tienes. Has de guardarme el secreto, porque esto no lo saben aún sino pocas personas.
Tilín prometió a la señora ser más reservado que un sepulcro, y con tal declaración, ella cobró ánimos para hablar de este modo:
—Te equivocas grandemente al suponer que tendremos paz. No, hijo mío: guerra, y guerra muy empeñada y tremenda nos aguarda. Todo está por hacer: con la derrota de los liberales no se ha conseguido casi nada; todo está, pues, del mismo modo: la religión por los suelos, la Inquisición sin restablecer, los conventos sin rentas, los prelados sin autoridad. Ya no tenemos aquellos gloriosísimos días en que los confesores de los reyes gobernaban a las naciones; se publican libros que no son de religión, o le son contrarios; en pocas materias se consulta al clero, y muchas, muchísimas cosas se hacen sin contar con él para nada. ¡Qué vergüenza! Es verdad que no hay Cortes; pero hay Consejos y ministros que son todos seglares y carecen de la divina luz del Espíritu Santo. No gobiernan los liberales, es verdad; pero ello es que sin saber cómo, gobierna su espíritu, y las sectas, las infames sectas masónicas no han sido destruidas. El ejército, que se compone absolutamente de masones, no ha sido disuelto y desbaratado, y en cambio están sin organizar los voluntarios realistas. Mil novedades execrables han subsistido después de aquella horrorosa tormenta, y en cambio no funcionan ya las comisiones de purificación que habían empezado a limpiar el reino. ¡Cuánta ignominia! Es verdad que se han concedido mercedes al clero; pero los primeros puestos los han atrapado los jansenistas, y están en la oscuridad hombres que pelearon con la lengua y con la espada, en el púlpito y en los campos de batalla. Andan sueltos muchos, muchísimos que fueron milicianos nacionales y asesinos de frailes y monjas, y la masonería se extiende hasta el mismo trono, hasta el mismo trono, Tilín.
Absorto, anonadado estaba el sacristán oyendo aquellas graves razones que la monja decía con firmeza y devoción, añadiendo a su elocuencia, para hacerla más seductora, las gracias de su persona. No desplegaba sus labios Pepet, y oía la voz de la dama cual si esta fuera un ángel de Dios que había bajado del cielo con un recado para los hombres.
—Ese trono que tanto ha costado —prosiguió la madre con brioso entusiasmo—, que fue preciso defender primero de los franceses y después de los liberales, no satisface las aspiraciones de nuestro católico reino. La religión no ha triunfado todavía, y es preciso que la religión triunfe. Santiago, nuestro glorioso patrón, no ha de permitir que sus escuadrones estén mano sobre mano. Lo que se puede hacer, ¿por qué no se hace? Contra la masonería, que es el gobierno de Satanás, se levantará la religión, que es el gobierno de Dios. Todo lo que se opone, o si no se opone estorba al triunfo de la fe, caerá, y si lo que estorba es un trono, caerá también. Veo que te asombras, Tilín; veo que te espantas.
—No, señora, no: Tilín no se asusta de nada que sea caída de cosas altas y enormes, hundimientos y choque de unas gentes con otras, sorpresas terribles, cataclismos y erupciones de la rabia humana... Pero yo no creía, no sospechaba que los derechos de nuestro rey, tan deseado y querido, pudieran ser puestos en duda.