—Nada.
—Grandísima falta: es preciso ser apostólico.
—Soy comerciante.
—¿Cómo se llama usted?
—Es curioso el señor militar.
—¿De dónde viene usted?
—Cansado es el interrogatorio.
—Poco a poco —dijo Tilín tomando la brida del fogoso animal—. Usted no pasa adelante sin probarnos que no es hombre sospechoso, un espía de Calomarde o del marqués de Campo-Sagrado. Será usted registrado: veremos si lleva papeles. En caso de que sea inocente, le dejaré marchar quedándome con el caballo.
—No permitiré que me quiten mi caballo —afirmó el caballero con resolución y enojo—. Sabré defenderlo.
Pepet llamó a los guerrilleros que estaban más cerca.