—Ha de saber usted que yo no soy brigadier.

—¿No? Yo creí que sí... Como en Cardona oí hablar tanto de usted, y se decía que había sometido toda la provincia de Lérida, juzgué que un caudillo de tanto valor no podía menos de tener un alto grado.

—Soy comandante —afirmó secamente Tilín.

—Me habían dicho que era usted muy joven —dijo el caballero observándole con curiosidad y admiración—; pero nunca creí que fuera tanta su mocedad. Usted llegará a los primeros puestos, aunque es preciso contar con la envidia, que intentará estorbar su carrera. Los jefes procurarán oscurecer sus triunfos, le rebajarán, lo calumniarán tal vez... Hoy mismo, cuando son tan evidentes los servicios de Tilín, he oído censurarle por excesivamente atrevido, y hasta me han dicho que Pixola piensa quitarle el mando de esta fuerza... Amigo mío, no contaba usted con la envidia, que en nuestro país, por desgracia, ennegrece todas las cosas...

—¡Destituirme!... ¡Quitarme el mando! —exclamó Tilín con ira—. Falta que yo lo permita. ¿Dicen eso en Cardona?

—Lo oí decir a dos frailes de San Francisco que ayer mismo comieron con Pixola en Clariana.

—¿Está Pixola en Clariana?

—Sí, señor... Ahora empieza usted su vida militar. Por lo mismo que la ha empezado gloriosamente, verá que todos esos figurones ineptos, todos esos holgazanes llenos de vanidad, tratarán de oscurecer su mérito y de apropiarse su fama.

—Mi mérito y mi fama —dijo Tilín gravemente—, si es que los tengo o los puedo tener, saldrán por encima de todo.

—Así lo creo... Pero vamos a nuestro asunto. Es preciso que usted me deje partir inmediatamente.