—A eso vamos —replicó Pepet—. ¿Y quién es usted? Juraría que no es comerciante.

—Está usted en lo cierto —dijo el caballero sonriendo con franqueza—. Pero la compañía de usted al interrogarme no me permitía decir la verdad. Había allí un fraile, y los frailes son indiscretos y parlanchines. Ahora que estamos solos, diré mi nombre y la razón de mi viaje. Me llamo don Jaime Servet y vengo de Barcelona.

—¿Y a dónde va usted?

—A Cervera.

—¿Y qué objeto lleva usted? Eso es lo principal, eso —afirmó el guerrillero con buenos modos—. Si usted va como amigo de nuestra causa y me lo prueba mostrándome sus despachos, le dejaré seguir. Si va como particular a negocios propios, y me lo prueba, le dejaré seguir también quedándome con el caballo. Si usted es espía, comisionado de Calomarde o del marqués de Campo-Sagrado, le fusilaré... Vamos, no hay más que hablar. Ahora responda el señor don Jaime Servet.

Sin vacilar, Servet respondió:

—Voy a Cervera a llevar órdenes de la Junta de Barcelona.

—Muéstreme usted los pliegos —dijo Tilín sin mirar a su interlocutor.

—Mi comisión es de índole tan reservada, que nada llevo escrito. Las órdenes que llevo las daré verbalmente.

Sonrisa de duda y mofa contrajo los enormes labios de Tilín.