—En ese caso, la Junta daría a usted salvoconducto para que libremente atravesara el país sublevado.
—No tengo salvoconducto ni cosa que lo valga —repuso el caballero sin perder su serenidad—. Lo tenía; pero por un descuido que pago muy caro, dejé ese papel en manos de Jep dels Estanys, cuando me presenté a él en Vich.
—¡Qué casualidad!... Bueno: pues dígame usted esas órdenes verbales que va a llevar a Cervera.
—Si usted se llamara fray Agustín Barrí, guardián de Capuchinos de Cervera, lo haría de buen grado. Mi deber es morir cien veces antes que revelar una palabra sola.
—¿Tan reservadas son esas órdenes?
—Lo son tanto y de tal gravedad para Cataluña, para España, para el mundo todo, que solo el pensarlo espanta.
Guardó silencio Tilín durante un minuto, acariciándose la barba, y después miró a su prisionero, y con calma flemática le dijo:
—Usted es un impostor, usted es espía de Calomarde. Voy a mandar que le fusilen inmediatamente.
El caballero tembló; mas dominando la ira que hervía en su alma, se expresó de este modo:
—Sea, pues. Solo, indefenso, no puedo protestar de ese horrible crimen sino ante Dios. Pero no solo la justicia divina, sino la humana, ha de vengarme algún día, y usted, que ensoberbecido con sus triunfos encubre con la bandera de la fe el asesinato de un servidor de su propia causa, dará cuenta pronto, muy pronto, de mi muerte, y en toda su vida, por larga que sea, no aplacará sus remordimientos.