—Esta carta es...

—De doña Josefina Comerford —replicó con imperturbable audacia y gravedad el caballero.

Tilín, que ya había empezado a despegar la oblea con su grosero dedo, se detuvo. El caballero, firme en su difícil papel de osadía y descaro, que era el único conveniente en tales circunstancias, prosiguió así:

—Concluyamos. Me repugna esta escena de Inquisición. Si he de ser arcabuceado, que lo sea de una vez. Necesito un confesor, como católico cristiano. Caiga mi sangre sobre la cabeza de mi asesino. Una sola disposición me cumple hacer.

—¿Cuál?

—Que lleve usted esos paquetes de oro y esa carta a donde dice el sobre.

—¿A las monjas?

—Sí. El resto de mi comisión no puedo revelarlo. El secreto se va conmigo, y con usted la responsabilidad de este crimen.

Tilín puso la carta en la valija, y acompasando sus palabras de un gesto desenfadado y como generoso, exclamó:

—Caballero, es usted libre. Puede usted seguir su camino.